sábado, 27 de marzo de 2021

ROLANDO CARRASCO MOYA

 


A 7 años de su partida física:

 

 

 

                                         Iván Ljubetic Vargas, historiador del

                                          Centro de Extensión e Investigación

                                          Luis Emilio Recabarren, CEILER

 

                        


 

Por su veracidad, por su estilo directo, por la fuerza misma del drama que refleja y por estar escrito con fe rabiosa en que volveremos a levantarnos; "PRIGUÉ" (Prisioneros de Guerra) será para el pueblo de Chile una valiosa contribución a su victoria.

                                                                                 LUIS CORVALAN

                                                                           Moscú, Mayo de 1977.

 

 

Hace siete años, un correo fechado el jueves 27 de marzo de 2014 me trajo la mala noticia: había muerto Rolando Carrasco, escritor, camarada, amigo y “estafeta”. 

Explico esto último. Entre septiembre de 1962 y marzo de 1963 participé en una escuela en Moscú. Antes de partir me instruyeron en el sentido que toda correspondencia desde y hacia Moscú debía hacerse a través de Praga. Y me dieron el nombre de un compañero que no conocía: Rolando Carrasco, que era corresponsal de El Siglo en la capital de Checoslovaquia.  Fue así como mi entonces desconocido camarada me sirvió de enlace con mi compañera durante seis meses.

 

CORRESPONSAL DE EL SIGLO

Rolando Carrasco Moya había nacido en Santiago en 1929. A los 16 años de edad ingresó a las filas comunistas en el Liceo Miguel Amunátegui. Como periodista de prensa y radio laboró en distintos periódicos y emisoras.

Trabajó en Praga y Moscú como corresponsal de El Siglo.

 

EL DÍA DEL GOLPE

Al producirse el golpe fascista del 11 de septiembre de 1973 era responsable de la radioemisora “Luis Emilio Recabarren” propiedad de la Central Única de Trabajadores de Chile.

Así describió  lo ocurrido el  día del golpe en libro “Prigué” (“Prisionero de Guerra”) escrito en el exilio:

 

“Quedábamos tres emisoras populares en el aire, Magallanes, la Radio IEM, del Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile y nosotros, la radio de la CUT, Luis Emilio Recabarren. Las demás de izquierda dejaron de transmitir minutos antes bombardeadas sus plantas por los rockets de los Hawker Hunter...

“Silenciaron  la radio IEM, Magallanes y nosotros nos mantenemos en el aire. Repetimos el llamado de la CUT. ‘Permanecer en sus lugares de trabajo’. Intercalamos el Himno de la CUT.

         ‘Aquí va la clase obrera

          hacia el triunfo

          querida compañera.

          Y en el día que yo muera

          mi lugar lo ocupas tú’...

 

“Hay trabajadores en la Plaza de la Constitución pidiendo armas.

Llamado de la planta.

-        Compañeros, vuelven los aviones. ¿Bajo el equipo de emergencia?

-        Déjelo funcionando y aléjese. Partió el relevo.

Tiroteo en los alrededores. Nuestra ubicación en el piso trece nos permite ver el Palacio de La Moneda. Puertas y  ventanas permanecen cerradas. En el mástil flamea la bandera presidencial. Allí no se rendirán.

En el edificio vecino,  el del Instituto de Extensión Musical de la Universidad de Chile, suenan disparos. A su costado se encuentra el diario ‘El Mercurio’. Caen vidrios quebrados a la calle.

Las emisoras más potentes de la izquierda siguen calladas, Corporación y Portales.

Pero Magallanes se mantiene. Posee buen alcance. Repite el discurso de Allende que escuchamos fragmentariamente. Nosotros nos mantenemos en el aire por casualidad...

“Hay tanques rodeando La Moneda... Quebrazón de vidrios en nuestro edificio. Cerramos las persianas metálicas. Balacera generalizada en el centro. Abajo, en la calle, soldados disparan hacia el Palacio de Gobierno.

Magallanes sigue en el aire. Transmitía Ravest, ahora lo hace Sepúlveda.

La cadena de emisoras de la Junta lee bandos. Repite amenazas. Regirá toque de queda. Nadie debe venir al centro. Marchas militares.

-        Seguiremos en el aire todo lo que podamos, anunciamos.

Podemos poco. Silencian la planta. Le dieron a nuestra antenita de repuesto. El magneto directo no contesta...

“Temblor. Explosión abajo. Como si hubieran derribado la puerta del edificio con dinamita. Caen vidrios rotos. Ordenes, Tableteos. Desde la Alameda humean disparos... Caen trozos de enlucido. Permanecemos agachados en los estudios, salas de control, los demás sentados en el suelo con las espaldas afirmadas a las puertas de los ascensores. Los vidrios de las oficinas también desaparecen desparramándose hacia la calle y los escritorios. Algunos impactos dan en la consola. Pierde velocidad el disco del Himno de loa CUT. Engruesan las voces que cantan. Alargamiento gomoso:

         ‘y el día que yo mueraaa, mi luugaaaarrr...!

Después el silencio.  Sólo los disparos. Únicamente las explosiones. Nada más que el retumbar del cañoneo. Exclusivamente las ametralladoras

Inactivos nos miramos las caras. Y entonces comenzamos a comprender la situación, el peligro...”

 

 

DETENIDO

Fue detenido ese mismo día, junto con su compañera Anita Mirlo, mientras estaba en su puesto de director de la radio. Lo condujeron al Ministerio de Defensa, de ahí al Estadio Chile. Después al Estadio Nacional. Más tarde a  los campamentos de Chacabuco, Tres Álamos, Ritoque y posteriormente de nuevo a Tres Álamos. Durante dos años vivió como prisionero de guerra, para ser luego lanzado al destierro.

 

LLEGANDO A CHACABUCO

Estando en el exilio, en septiembre de 1976, la Organización Internacional de Periodistas, en su  VIII Congreso reunido en Helsinki, premió a Rolando Carrasco con la Medalla de Oro “Julius Fucik”.  Fue el primer periodista latinoamericano laureado con tan alto reconocimiento internacional.

Entre muchas otras experiencias relatadas, elegimos la descripción que Rolado Carrasco realizó sobre su llegado al campo de prisioneros en la ex oficina salitrera de Chacabuco:

 

 


 

“La estación de ferrocarril al fondo de la pequeña hondonada es una plancha de cemento resquebrajada pegada a los rieles. La encierran cerros de piedras y costras de caliche. No hay techo, casa, ni siquiera boletería. Una tabla clavada a un poste: "Chacabuco". Un camino de tierra suelta dobla a la derecha perdiéndose al lado de un cementerio semi derruido. (Aún se distinguen los colores borrosos de las coronas de papel sobre las tumbas apelmazadas en la arena). Aire transparente, enrarecido, sin fragancias vegetales. Sequedad volcánica. Ni árboles ni pasto, ni nubes, ni pájaros. La potencia del sol escuece la piel.

El trencito que nos trae pitea y se detiene. Soldados en la plataforma delantera y trasera de cada vagón. Humedecidos por la transpiración, sedientos, adormilados, nos levantamos de los dos únicos asientos pegados uno frente al otro en los laterales. Amontonamos pertenencias personales, maletas, bolsas. canastos, paquetes y nos disponemos a acatar la orden de bajar a la pampa.

Formamos en la profundidad de un embudo muy extendido. Los bordes superiores sirven de posiciones de combate a la tropa controlándonos con fusiles automáticos. Algunos vehículos blindados nos indican con sus ametralladoras pesadas. Silencio absoluto. La temperatura bordea los cuarenta grados con casi nula humedad relativa.

-- Numerarse.

- Los primeros cincuenta al camión. Con todas sus cosas y a la carrera. Proceder.

Un camión militar desocupado nos muestra el trasero desde veinte metros. En la portezuela de la cabina lleva el consabido: PAM (Pacto Ayuda Militar de Estados Unidos). Corremos hacia él, lanzamos el equipaje y subimos. Ayudamos a los más viejos. Alzamos a los temporalmente inválidos. Nos adelanta un blindado y otro nos escolta atrás. Bamboleándonos, pisoteándonos cuando el camión parte, buscamos asidero en los compañeros. Algunos caen. Vamos enredados en flecos de tierra blanquecina, salobre, por un sendero de recovecos entre grandes piedras y trizaduras calcinadas. Avanzamos a sacudones. De pronto eludimos una franja de tierra arada. Los surcos guardan la carga explosiva de las minas. Más allá del campo minado aparecen las paredes amarillentas de Chacabuco, la oficina salitrera abandonada, amurallada en réplica subdesarrollada de una fortaleza medieval. Traspasamos los portones de calamina, doblamos por un patio recién regado, nos detenemos brevemente ante un segundo portón y continuamos. Este último, armazón de maderas y alambre, es nuevo. No es como el anterior, tan antiguo como Chacabuco. Un portón de reja abriendo y cerrando el límite del espacio separado del mundo por alambradas, torres, electricidad, fusiles. El campo de concentración propiamente tal, de dos cuadras de ancho por cuatro de largo. Ocho torres de troncos con plataformas para los centinelas. Adentro, ordenamiento simétrico de casas entre las que nos desplazamos. El camión frena en una cancha de fútbol.

- Bajar y formar.

Los blindados giran y desaparecen escoltando al camión que parte a traer otros cincuenta.

Formamos hombro con hombro.

- Separarse diez pasos. Abran maletas y bolsas, todos sus cachureos. Extender todo en el suelo. Queremos verlo todo. Saqúense también la ropa. Ya pues, empelotarse. Les trajinaremos hasta el agujero. Rápido. Proceder…”