martes, 3 de marzo de 2026

No llorí

 



Comentario radial y escrito

 

 

 

 


No llore comparito, no llore; ya vendrán tiempos mejores.

¡No llorí gueón!

Lloro de rabia y espanto; Estados Unidos con Israel, siguen matando a mansalva, esta vez, en Irán.

Son las 14.30 del sábado 28 de febrero.

Centenares de infancia sin vida, muerte, que serán horas más tarde, miles y miles.

Los más vulnerables, condenados por nacer, pagaran con sus vidas, las ansias hegemónicas del Imperio.

Quiera el “dios de los coloraos”, que la sensatez de otras potencias, obliguen de alguna manera, impedir que el esperpento continue.

¡Ojalá!

Yo no hablo en nombre de la que visto; yo hablo en nombre de esa gente que ha compartido mi vida, a la intemperie cruda del andar lejos.

En realidad, no hay tiempo pá llorar; hay que ir a buscar los coligues, los espejos, cuadernos, y lápiz; barro y paja.

Mientras se defiende lo edificado; con pensamiento crítico, cachurear empedernido, las causas que nos llevaron a retroceder tan re tanto.

Y a la vez, como armonizar un “canon”, en una huidiza y refalosa política de alianzas, para levantar una valla con ramas de chañar, para enfrentar esta verdad cruda que nos enrostra.

Yo nací en Potrerillos, a más de 2800 metros de altura.

De niño y no tan niño, ame Pueblo Hundido, hoy, Diego de Almagro.

Tengo incrustada en mi memoria, su estación de tren.

El Longino; un tren, unas vías, que son de un mundo aparte, de un mirar atónito, de la capacidad de un pueblo para unir, juntar un país tan, tan re largo y diverso, como en un choclo, con chala y todo, ramales y estaciones, hasta por donde el “diablo perdió el poncho”.

Un abrazo y fuerza, a los habitantes de Inca de Oro, que se les vino el agua por las quebradas de la precordillera.

El Longino, reposaba un rato en la estación de Pueblo Hundido. Yo, mirando para atrás, lo asomo a una “política de alianzas”.

Mi familia, desde la Mina Vieja, más arriba de Potrerillos, a las faldas de la Cordillera de los Andes, llego a Barquito, usando yo pañales.

En verano nos íbamos a Copiapó.

En Chañaral, nos encaramábamos en el Longino que venía de Iquique; pasando por Baquedano, Antofagasta, Catalina y no sé, cuantos lugares más.

Teníamos que pasar por Pueblo Hundido.

Esa Estacion, era mi aventura.

Era una pausa larga con tiempo de comer.

Las Cazuelas de ave hacían nata, el pan batido, el vino y el té también.

Los jotes, no se veían ni pal recuerdo.

No puedo decir cuánto tiempo nos atrapaba Pueblo Hundido; me gustaba ese “atrapo”.

La próxima estación era Copiapó, nuestro arribo.

El tren seguía a Vallenar, Serena, Coquimbo, Ovalle, Illapel, Calera; no recuerdo cuantas estaciones más, hasta el Mapocho.

Viajar juntos en el Longino, se necesita organización para que el viaje sea placentero.

Al final, cada uno tiene su objetivo y el viajar ameno, es crucial.

De eso se trata el hacer de la política, darle a la gente un viajar digno, bonito.

Los arribos son distintos, pero, cada uno, entrega para el viajar, lo mejor de sí.

De Coquimbo a Ovalle, o, por cualquier tramo, te das cuenta qué ciertos personajes del vagón, van mostrando de a poco las hilachas, andan en otras, quieren llegar a sus destinos, sin ponerse en nada y recibir de todo.

Objetan hasta al cantor.

El transcurrir del viaje, es un invento de diferencias y desavenencias, haciendo dificultades a los que tienen su destino, atravesando horas de estaciones. Cuando algunos de ellos, llegan a su estación de destino, se llevan los tutos de la gallina que no son de ellos. Hay algunos que sufren el síndrome del “muro de Berlín”, y no se bajan, aunque sea el término de su viaje.

Viajar en el Longino fue algo lindo.

Si no quieres armonizar el canto, no te subas, te vas en auto y punto. Ahora, si es tu pega desafinar, hay que tener, la fuerza y criterio, para dejarlo por algún ramal.

Necesito creer, por nuestra propia historia de lucha, por nuestra actitud de vida y artesa, como un principio de clase, entender que los churrines y el mechoneo se lavan y se tiran en casa; y, por el qué dirán, con la luz apagada.

Tenemos experiencias que atestiguan, que nuestro enemigo y amigo de clase, se nutre de nuestros propios desaciertos; pretendiendo con ello, dejarnos, políticamente reducidos, a una mínima expresión.

Y no van a descansar nunca de hacerlo.

Son 113 años pá 114; enfrentando por dentro, y vistiendo por fuera, esos peculiares ataques, que tanto daño nos hacen.

La lista es larga.

Los que profesan nuestra ideología, sabemos, en cuento corto, que los medios estratégicos de producción tienen que estar en manos del Estado, y, ese Estado debe estar conformado políticamente, por los representantes de los estamentos laborales e intelectuales del pueblo organizado.

Esos que hacen las cosas.

De allí, salen los habitantes para dirigir el gobierno y los parlamentos.

La cuestión sindical, es fundamental; como lo es, la organización social en los centros habitacionales.

No hay otra.

Lo demás es paja molida.

Termino de escribir esto, y no me la creo.

En mi creencia, no tenemos “vacas sagradas”, lo que tenemos son dirigentes, cuadros, que se han ganado su estado en la nomenclatura partidaria, a punta y codo.

Y ese “punto y codo” es permanente, dialectico, cuando dejas de serlo, se nota.

Yo, por ejemplo, en 1970, de intruso y de provincia, en la casa de mi hermana, en Santiago, frente a mí, tenía a  Alejandro Rojas Wainer, militante de las Juventudes Comunistas de Chile; presidente por tres periodos consecutivos, de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.

Elegido diputado por el partido comunista en 1973. (El ojito).

Ese muchacho, algo mayor que yo, lo miraba con orgullo, con respeto.

Más tarde, encontró otros caminos y con otras vestimentas se arropo.

Tan de echona y martillo y miren ustedes por donde se enchuecaron las herramientas.

Hoy por hoy, somos de Donald Trump, Premio Nobel heredado de la paz, la guinda de la torta.

Que cuestión más extraña y de precipicios.

Capaz, que, en abril y mayo, le declaramos la guerra a Venezuela, a Nicaragua, a Mexico.

Y en junio, invadimos Cuba.

No nos metimos con Eurasia, porque somos nacionalistas, patrióticos.

Y no es ningún chiste.

 No podemos olvidar jamás, que, como partido parido en los contubernios de la clase obrera, en el asalariado, el hacer y poder de la política, es hacerle al pueblo, una vida linda, digna.

No hay otra.

Me gusta una oración:

“A lo que vinimos”

Se olía lo que venía.

No se puede hacer “el de las chacras”.

La historia de vida de nuestro conglomerado, esta hasta la tusa de enseñanzas, para enfrentar a los que pretendan quitarle al pueblo, las reivindicaciones conquistadas, creadas por las sabidurías del resistir, del sobrevivir.

En verdad, la palabra sobrevivir no me gusta mucho, y eso que he sobrevivido toda mi vida.

Eso de sobrevivir me suena a un Robin Hood.

El pueblo para ser pueblo requiere de una institución para gobernar, constitucionalizar un vivir; para que nunca más, vengan apetitos ajenos y nos dejen Kafquiano con las patas al aire.

Si algo nos dejo claro la dictadura fascista militar y civil, fue el deber político de saber y tener como defender lo conquistado.

Nos vencieron políticamente.

Poco nos duró lo aprendido.

Por supuesto las realidades son diferentes.

Se levanto en Chile, la política de “rebelión popular”, el derecho a defender la vida.

Hoy, la geografía es otra; la derecha civil fascista, sin pegar un tiro, nos vencieron democráticamente, el derecho de gobernar el pais.

Y la cuestión duele y avergüenza.

Aquí no hay Lenin que valga.

Tenemos que volver a los desiertos del norte.

Arrancarle la pistola a Luis Emilio, ser un Manuel Choño Sanhueza, ser un Cipriano, una Mireya Baltra, una Julieta, una Ramona, una Gladys, un Pedro Lemebel.

Alejandro Fischer Alquinta.

Estocolmo, 20260228. Con el pueblo del medio oriente en mi corazón.