Comentario radial y escrito.
Estoy, aunque me critiquen, en
guerra con la mosca.
Al menos, con una de ellas. Son
tan iguales y, por si fuera poco, todas visten el mismo uniforme.
Necesito creer que es una sola la
que invade mi territorio; la que me provoca, la que se burla, la que denuncia
sus habilidades.
La tengo que aguantar más menos,
20 días.
La he soportado 4 días, me tiene
“identificado”.
El saber su compañía 16 días más,
me zozobra.
Donde yo vaya, ella va; la peluda.
Si, la peluda, esa que tiene patas
largas, con miles de pelos que esconden sus garras.
Yo, la veo en el espejo del baño
en las mañanas.
Me espera, graciosa, aplaudiendo
con sus patas delanteras, como que, las limpiara, antes, de su ataque mañanero.
Es una pitonisa, sabe que
levantare el bastón para desnucarla. Predice mis movimientos.
No puedo explicarme su saber.
Posiblemente, en su mundo y vida
corta, todo transcurre en otra velocidad. Para ella, somos mucho más lentos que
una tortuga.
Algún truco debe tener para no
irse de cabeza al lavamanos.
Recuerdo una película, en la que
el “jovencito”, se ponía en las manos unos aparatos parecidos a los que usaba
yo, disfrazado de albañil, al asentar cerámicos grandes y pesado.
Ventosa se llama la herramienta.
Este “jovencito” se agarraba por
debajo de una piscina a
Le costo harto al “joven”
ventosearse por debajo.
Y esta, la “invitá de piedra”,
camina a plomo por el espejo, aplaudiendo irónica con sus patas, con una
gracia, como si, la calle de la Reina, fuera de ella.
La miro como que no la veo, sus
ojos son mas grandes que ella, no se si es hembra o macho, pero le queda poca
vida.
Veinte días.
Por su ligereza y tozudes, su
burlesca forma de observarme, uno podría pensar que tiene cumplida su propia
misión de vida.
Ahora, juega conmigo al “paco y
ladrón”.
Que cuestión más triste.
Poco a poco levanto mi mano y la
acerco a una toalla que cuelga a los costados del espejo, ella, la “puro ojo”,
ni se inmuta; se siente poderosa, imprevisible, temeraria, atrevida; ingeniosa
la peluda.
Una cosa no sabe, tiene diabetes. La
glucosa le sale por sus patas.
Veo sus alas en tiempo de calma,
su timón de cola sé mueve sigilosamente, detectando mis movimientos.
Que existencia, que estructura,
que biología, que química, que matemática tan diferente, tan perfecta.
Yo, siento que me calcula.
Si pudiera comerme, de pura pena,
no me come.
En una de esas, pensara: “Y pá
que”.
Mi mano llega a la toalla, la
agarro, calculo, la levanto, y golpeo con furia. Hago mierda el espejo; se me
cae el bastón que me sostiene, pierdo el equilibrio y caigo sentado en la “taza
del baño”.
Levanto la vista con esperanza, solo veo restos del espejo
destrozado.
De ella, no hay nada; miro para el
techo, nada.
Quiero pararme, me detengo.
¿Estará su cadáver entre los
restos del espejo?
Recojo el bastón, muevo los pedazos
de espejos que me miran, sin cachar ni una.
Con mi frustración en ristre
siento, escucho, como en un susurro su cobarde zumbido.
Me aniño con el bastón y la
espero.
Impulsada como un proyectil, con
200.000 neuronas en su capacho, se abraza a la cortina.
Ya no se si aplaude o se acicala.
Se cree Gene Kelly, cantando bajo
la lluvia.
De costado, me observa, no siento
su risa burlona, siento sus carcajadas.
Para esta “hija de su madre”, no
existe la vergüenza, la prudencia, menos los miramientos.
Se puede empoderar de los terrones
y polvo de Gaza, de Cisjordania, de Kiev; no se asusta, ni se apura. Con la
muerte que le ofrecen por el oriente medio, en África, en Beirut o en Theran,
anda ansiosa.
Si le da la gana, se puede
disfrutar con la piel que deja y despide Donald Trump…Es como hacha para
descomponer el estiércol.
Se puede glotonear, con las ansias
de guerra de Marco Rubio, asco le da, los señores de Jerico.
No faltara quien piense, que
tantos años fuera, me hizo un siútico cuico y de piel fina.
Pá ná.
Mi paisito, su vivir y mi vivir,
fue tejido con pulgas, moscas y guarenes. Recuerdo mi ultimo dormitorio en
Copiapó, en la Chimba, entre el techo y la muralla, pasaban como en revista,
unos guarenes que parecían gatos.
En la quinta, no había pulgas
flacas, se morían de pura glotonería.
En Argentina pueblo, no tuve
pulgas, pero las moscas y los mosquitos pagaban el alquiler.
En la escuelita rural que me toco,
no deje nunca una pulga con hambre.
En la quinta, la misma en la que
los de mi creencia, celebraban en familia el aniversario de la hoz y el
martillo; allí, a la sombra de un damasco, había un pozo de agua construido,
especialmente para beber, eso sí, al beber, tenías que soplar el jarrón para
ahuyentar los pirgüines que se venían en el sorbo.
A pesar de 50 años viviendo ajeno,
soy de mezclilla, de tocuyo y lienzo.
Vivo, para servir entero a “mi
dios de los coloraos”, que no es otro que el intelecto, el latir y fuerza
interior de tanta Marta Ugarte.
Digo esto, por una sola idea, otra
hazaña histórica se debe construir; urge detener el fascismo en Chile.
La historia y la memoria van de la
mano, esa mano necesita ser discutida por todos los barrios y aulas de Chile.
La desobediencia social, civil y
también militar, debe ser un elemento mil veces a discutir, a buscar criterios
y tejerlos de acuerdo con la geografía de hoy.
Organizarse por donde haya pueblo
en rebelión
Me quedo por aquí, pero antes de
irme, confieso que, le tengo envidia a la mosca.
Con esas cualidades, tendrán que
ser las veredas y habitantes, que se tienen que fraguar.
Alejandro Fischer Alquinta
Estocolmo 20260725