viernes, 25 de septiembre de 2026

FUNERAL DE PABLO NERUDA PRIMERA EXPRESIÓN ANTIFASCISTA

 

Hace 53 años fue asesinado Pablo Neruda, “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”, como lo calificó Gabriel García Márquez. Lo recordamos en el Boletín Rojo,  a través de un escrito del siempre presente, Historiador Iván Ljubetic Vargas.

 

 

 

                                                     Iván Ljubetic Vargas, historiador del

                                                     Centro de Extensión e Investigación

                                                     Luis Emilio Recabarren,  CEILER

 

                      

 


El 23 de septiembre de 1973 fallece (¿asesinado?) Pablo Neruda. El 25, sus funerales son la primera manifestación pública antifascista. 

Plinio Apuleyo Mendoza, escribe  es “Aquel Adiós a Pablo Neruda”, publicado por “El Tiempo”, el 7 de abril de 2013:

“Nunca he olvidado el choque que recibimos Fina y yo cuando, al decirle a la recepcionista de la clínica que teníamos una cita con el poeta, ella nos replicó sorprendida: “El maestro Neruda murió a las tres de la mañana”.

Fue tal nuestra congoja y desconcierto que la mujer, apiadada, decidió darnos la dirección de la casa a donde habían llevado el cuerpo del poeta. Aquella dirección me quedó grabada para siempre en la memoria: calle Marqués de la Plata.

Como lo tengo escrito en un texto titulado Aquel adiós a Neruda, hacía frío y todavía flotaba en el aire una neblina matinal cuando llegamos a aquel lugar. La calle pequeña, olvidada, refugio ideal para un poeta, se desprende de otra, igualmente pintoresca, llena de árboles de un intenso color rojizo, que en plena primavera austral dan una impresión de otoño. Cuando, atendiendo los golpes que dábamos a la puerta, apareció una mujer a quien le hicimos una pregunta absurda:

–¿Don Pablo?

–Está arriba –respondió de la manera más natural.

Una casa saqueada.

El patio de entrada se veía inundado. Las piezas de la primera planta, también, por un agua que fluía de alguna parte. Al otro lado del patio, en un nivel más alto, había un jardín húmedo, lleno de escombros: papeles, libros quemados, vidrios, muchos vidrios: crujían bajo la suela del zapato. Dos mujeres removían cautelosamente los escombros. Una de ellas se volvió hacia nosotros.

–La destruyeron –dijo simplemente.

Nos inclinamos para recoger una foto sucia de barro. Era muy antigua: tres hombres y una mujer, vestidos a la moda de los años 30, sentados en medio de la nieve. Parecían reír felices ante el fotógrafo.

–Eran fotos y cartas de don Pablo –dijo la mujer–. No esperaron siquiera a que muriera.

–¿Dónde lo tienen? –pregunté.

–Allí –dijo ella señalando una casa pequeña, semejante a un palomar, que se alzaba en lo alto del jardín.

Subimos por una empinada escalera. Al abrir la puerta, nos encontramos delante del féretro, en un cuarto helado y sin luces, donde solo había media docena de mujeres.

Aquel féretro gris, sin pompa, sin cirios, sin coronas, colocado en un extremo de la pieza y adornado solo con dos rosas blancas que parecían cortadas de prisa, daba una sensación de soledad. Bajo el cristal, descansando sobre un raso, la cara de Neruda parecía reducida, irreal. Lo humano en aquel momento no era su cara, sino la camisa de cuadros que llevaba abierta en el cuello y el saco de tweed: una indumentaria deportiva que hacía pensar en plácidos domingos en Isla Negra.

La esposa de Neruda estaba sentada junto al féretro, sola. A Matilde Urrutia la había yo conocido incidentalmente dos años atrás en Barcelona, en la casa de García Márquez. Nada en aquel verano hacía temer por la vida del poeta. Ni por Chile. La mujer rubia que entonces hablaba con animación mientras se enfriaban en la nevera las botellas de vino blanco esperando la llegada de Neruda permanecía ahora inmóvil y sin llorar, al pie del ataúd, en un cuarto sembrado de escombros. La casa había sido requisada y saqueada. Al ser desviadas las aguas de un canal, la planta baja se había inundado. No había luz eléctrica. Las ventanas estaban rotas. Rotas también las lámparas, rotas en añicos las cerámicas, quemados los libros y desaparecidos los cuadros, una colección de primitivos que Neruda había reunido a lo largo de su vida.

El segundo forastero que llegó, después de nosotros, era un escritor alto, jovial, de cabellos blancos que yo había conocido en un viaje anterior a Chile. No recuerdo hoy su nombre. Pertenecía al partido comunista. Cuando charlábamos en voz baja junto al féretro, Matilde se dirigió a él para solicitarle que se hiciera cargo de los trámites con la funeraria. Buscaba un auto. Yo le ofrecí mi taxi, que esperaba en la puerta. Así quedé también yo comprometido en esas diligencias que abarcaron el resto del día.

Recuerdo que al salir recogí en el jardín un buen número de fotos y cartas regadas por el suelo. Las tuve conmigo seis meses, hasta que se las devolví a Matilde en Caracas, cuando nos encontramos de nuevo en casa de Miguel Otero Silva. Aquella mañana, antes de salir con mi amigo el escritor, la vi en el jardín con la frente apoyada en el tronco de un sauce, llorando en silencio.

Mientras avanzábamos hacia el centro de la ciudad por calles grises, llenas de frío, mi amigo nos contaba a Fina y a mí cómo se había descartado la idea, propuesta por algunos, de llevar el cadáver de Neruda a México. Matilde no estuvo de acuerdo porque podría ser algo malinterpretado por el pueblo chileno. Mi amigo abrió su mano y nos enseñó una llave. “Es para la tumba de Pablo”, nos dijo.

El mausoleo donde sería sepultado el cuerpo del poeta pertenecía a los familiares de un famoso dirigente de fútbol chileno, Carlos Dittborn. Sepultura provisional: más tarde sus restos serían llevados a Isla Negra, para respetar una voluntad expresada por Neruda.

El empleado que nos atendió en la funeraria llenó las planillas con una minuciosa aplicación burocrática. “¿Nombre del fallecido?” “Neftalí Reyes Basoalto”. “¿Padres?” “José del Carmen Reyes y Rosa Basoalto”. Etcétera.

Al cabo de un detallado registro, no todo estaba en regla. Faltaba la cédula del poeta y el registro de defunción (lo obtendríamos más tarde: Neruda había fallecido a consecuencia de un cáncer en la próstata y no de un infarto, como se dijo).

Finalmente, una última pregunta: “¿Cuántas carrozas?” Nuestro amigo no sabía: “En condiciones normales deberían ser más: siete o diez carrozas, qué sé yo –dijo–. Pero me temo que en las actuales circunstancias baste una sola”.

Su tono era ligeramente amargo. El amigo de Neruda no sabía en aquel momento si debía o no esconderse, si sería o no detenido. Aquella madrugada había recibido por teléfono la noticia de la muerte del poeta cuando se hallaba en su apartamento, entregado a una faena dispendiosa: estaba quemando su biblioteca, llena de libros marxistas, en previsión de una requisa. Los libros habían terminado de arder en la chimenea del salón cuando empezaba a amanecer.

Al día siguiente, contra lo que temíamos, había más gente de lo previsto en la puerta de la casa: unas 300 personas, contando periodistas y fotógrafos europeos. El sol apenas calentaba. Había en el aire algo que sugería aún el olor, el color del invierno austral. Cubierto con la bandera chilena, el féretro fue transportado a través del jardín lleno de agua hasta la carroza funeraria que aguardaba en la puerta. Cuando el cortejo iba a iniciar su marcha, en un ambiente donde llegaba a percibirse el miedo de aquellos días, estalló en la calle un grito anónimo:

–¡Camarada Pablo Neruda!

–¡Presente! –contestó la multitud.

                                           ***********

 

 

El periodista    Sergio Villegas escribe en “Funeral Vigilado” (Berlín, 1984):

 

“Bello: Atravesamos la Avenida Perú. Al enfilar Santos Dumont, los que habían llegado en auto comenzaron a bajar para seguir a pie.

Nunca vi mayor expresión de duelo en una multitud. En esas fisonomías se unían la desolación causada por la muerte de Pablo y la vigilia tensa que imponían por el terror los militares facciosos.

‘¡Viva Pablo Neruda!’

‘¡Viva el Partido Comunista!’

 

Cada cierto trecho, desde el centro del desfile alguien leía en voz alta. Llevaba un libro de Neruda abierto en las manos.

 

‘Chacales que el chacal rechazaría

 piedras que el cardo seco mordería escupiendo

 víboras que las víboras odiarían!

 

‘Compañero Pablo Neruda...

‘¡Presente!’

Este grito se repetía tres veces. Nadie se ocultaba. Nadie tenía miedo. Muchos respondían ‘presente’ con el rostro mojado por el llanto.

 

                        


 

Luis Alberto: Era ‘España en el corazón’. El presidente del Sindicato Quimantú sacó el libro y empezó a leer con voz fuerte. Poco después aparecieron otros recitadores. Había mucha gente que se sabía esos versos de memoria...

Los periodistas extranjeros, que andaban por todas partes, se acercaban a preguntar y nosotros les contestábamos apenas, temiendo que se tratara de policías...

 

Aída: Cuando entramos al cementerio, íbamos ya cantando abiertamente y en realidad sollozando La Internacional. Había mucha gente esperando. Se empezaron a vocear nombres de nuevo. El de Pablo. Se me acercó Irma de Almeyda y me dijo: ‘No hemos nombrado a Allende’ Íbamos atravesando la cúpula de la entrada en ese momento. Y hacia arriba, hacia la cúpula, grité con todas las fuerzas que me quedaban: ‘¡Salvador Allende!’... Y vino el coro entonces: ‘¡Presente!’ Había un abogado del sur por ahí cerca y escuché que decía: ‘Estos comunistas no van a aprender nunca’. Vi a Alones muy afectado, y a Fernando Castillo, el rector de la universidad Católica, que sollozaba. Empezó a oírse la voz de Chela Álvarez muy fuerte...

 

       


 

Loyola: Yo había quedado rezagado y cuando me reincorporé al cortejo, en Avenida La Paz, confieso que quedé helado de pavor, pues ya en un tono crecientemente alto la gente iba cantando La Internacional, puño en alto, todos sin distinción: Gente que jamás pensó ser comunista, simplemente escritores o amigos de Pablo, sintieron tal vez que no había mejor modo de expresar lo que llevaban adentro que alzar el puño y cantar ese himno.

 

        

 


Los soldados rodeaban la plaza que queda frente al cementerio. Estaban a la vista. Yo creí que era cosa de segundos la descarga de metralleta cuando alguien de gran vozarrón empezó a gritar: ‘¡Compañero Pablo Neruda’ y todos contestamos ‘¡Presente!’ Se repitió el grito dos o tres veces y las respuestas crecían en fuerza, pero de pronto el grito fue: ‘¡Compañero Víctor Jara!’ y a todos se nos quebró la voz porque era la primera vez que se nombraba a Víctor en público denunciando su asesinato. ‘¡Presente!’ contestamos todos lo mejor que pudimos.

 

Pero entonces se produjo un silencio y enseguida, como tomando aliento, la voz gritó con  todas sus fuerzas: ‘¡Compañero Salvador Allende!’, pronunciando el ‘Allende’ en forma muy marcada.

Y allí la respuesta fue una especie de aullido ronco, quebrado, distorsionado por la emoción y por el terror y por las ganas de gritar de modo que se oyera en todo el mundo: ‘¡Presente!’ Yo creo que ahí se nos pasó el miedo a todos, porque ahí no había ya nada que hacer. Más valía morir con el puño en alto y cantando La Internacional, y así cantando a voz en cuello, todos llorando, entramos al Cementerio General. Tal vez la presencia de muchos periodistas extranjeros nos salvó”.

 

 

 


       

 

 ¡Pablo Neruda: Con su poesía combatió, combate y seguirá combatiendo

 

 


 

martes, 22 de septiembre de 2026

Cabildo.

 


Comentario radial y escrito.

 





Tengo una insolencia que quizás atore, a los que sienten y disfrutan a todo trapo las fiestas patrias.

Tengo amistades que se ensayan pal 18.

Se cacharpean, hacen empanadas, pebre, chilenitos, pastel de choclo, hasta el ponche se asoma.

Yo, almaceno los recuerdos que han vivido esos días señalados.  

Los que andamos ajenos, los de inmigración; instancia que, a estas alturas del partido, por Europa y por América es un delito, sabiendo el existir, lo que hay, obliga a gritar.

La inmigración con papeles, vivimos los septiembres de otra manera, y tan diferente que, para algunos, duele cruel.

Asomo las “Fonda de la Izquierda”.

Más de 45 años aperrados.

¡Tiquitiquiti, Tiquitiquita!

Nosotros los chilenos, hermosos volantínes sin cola, por Europa nos encumbramos, por Oceania y por Asia también.

Traemos el 18 de septiembre, para celebrar la aniña, la ruptura de ser colonia, del Imperio español…Y con el tiempo, por enjuague, ser colonia de otra manera y de otro país Imperio.

Han pasado 216 años.

216 volantines.

Hay otro pueblo, que le atormentan 53 volantines.

Del coligüe al bambú y del papel seda, al plástico.

Hay más de 47 volantines que han adornado las “fonda de la izquierda”.

Se inventaron para liudar recursos, se inventaron, para defender al pueblo en rebelión.

¡Ay dios mío de los coloraos!

Me siento novillo aterrado, aplastado entre yegua y media luna. 

¡Tiquitiquiti!

Se de gente que le gusta bailar la cueca; he cantado y compartido escenarios con ellas, ellos.

¡Me emocionan!

¡Me viajan!

¡Me abrigan!

Se dé patriotas, que, en septiembre, izan con orgullo la bandera.

Sé de otros que ensayan el cortejo.

Tengo una insolencia que me atora.

¡Yo, no estoy ni ahí!

Nunca lo he estado, desde que tengo uso de razón ha sido un acertijo, un gol olímpico, sin arquero, sin defensa.

No así, el 11 de julio de 1971, día, de la nacionalización del Cobre, bajo el amparo del gobierno de Salvador Allende.

¡Tiquitiquiti!

Se salva y me sonríe, me identifica con el “Guatón Loyola”.

¡Que cueca más a la pinta!

“Combo que se perdía, lo recibía el guatón Loyola, peleando con entereza debajo las mesas, el guatón Loyola”

Digo acertijo, porque no puedo entender tanto entusiasmo.

18 de septiembre de 1810.

Engrupen a un viejo con más de 82 años a cuesta, corto de espíritu y cutí, medio perdido por los ayeres, cansado, Don Mateo de Toro y Zambrano. Condecorado, Conde de la Conquista por su aporte al despojo de las tierras del pueblo mapuche.

Don Mateo, Gobernador real de Chile, es decir, representante del Rey de España Fernando XVII, cautivo en Francia.

El que reinaba el Imperio Español, era el hermano mayor de Napoleon. Monsieur, José Bonaparte.

Don Toro y Zambrano, legitimiza las aspiraciones de un grupito, y convoca a un Cabildo Abierto.

Por alguna razón incierta, se me asoma Nicolas Maduro, Cilia Flores, prisioneros después de una invasión.

Cabildo abierto; es una reunión, una junta, entre los responsables de las instituciones creadas por una gobernanza, con la población existente, para tratar asuntos de gobierno, de país.

Una cuestión, así como los encuentros entre los años 2019/ 2023, para cambiar la Constitución del Estado.

Proceso manipulado o simplemente, una verdad ignorante, que nos vistió en el plebiscito del 2023; rechazando la propuesta que tanto y tanto nos costó concebir, soñar.

Más del 55,76% de habitantes la rechazaron.

“Combo que se perdía lo recibía el guatón Loyola”

¡Tiquitiquiti!

Traigo una vez más un responder de nuestro presidente Salvador Allende a un obrero, al preguntarle este, “para cuando el cambio a la Constitución, Compañero presidente”.

Nuestro presidente respondió: “Aún no, nos falta más poder político. Ya vendrá el momento.”

“Combo que se perdía, lo recibía el guatón Loyola, debajo de la mesa Comadre Lola”

En los tiempos del 1810 en Europa, en Eurasia, en Asia, ya se sabía, se hablaba, se trasmitía, se aplicaba, se impulsaba, se vivían conceptos como libertad, tolerancia, como la división de poderes, la soberanía, la democracia, la propiedad privada.

La Revolución Francesa fue una consecuencia de aquellas prácticas.

En América, los Estados Unidos del Norte, la amasaron primero, luego Haití.

Esa de Haití, fue y será un estudio de rebelión.

Hay que ponerla en un cuadro.

Los esclavos traídos de África se rebelaron.

“Peleando con entereza, Comadre Lola, el guatón Loyola”

En África, en las Americas, en Oceania, continentes invadidos, conquistados, aplastados sus poblaciones originarias, en genocidios salvajes, fueron y siguen siendo, negocios para resplandecer tanta, retanta nobleza.

Eurasia y Asia, tienen historia aparte.

El cabildo abierto, convocado por Don Mateo, tuvo su acta y su población. La población, fueron los criollos como José Miguel Carrera, como Manuel Javier Rodríguez, los cuicos de la época, con los dueños de Chile, como, Don Toro y Zambrano; ellos fueron los que amarraron la Independencia de Chile.

En ese Cabildo no habían más de 400 ciudadanos, que no querían ser franceses.

El pueblo, el que hace las cosas, no estaba en el Cabildo.

Ellos, estaban en lo suyo, en inventar melgas a pura pala y chuzo, a fabricar adobes, cerámica, a dibujar caminos, a levantar casas patronales pal amo, y pal criollo.

Para los pudientes.

Después de ese 18, la chingana fue ciega.

Llevar a la practica la liberación de ese paisito, tuyo y mío, vino la guerra, la muerte y la historia.

¡Tiquitiquiti!

Esos que no estuvieron en la Junta, esos que no podían inventar soberanías.

Esos que sabían de trigo y maíz, tuvieron que agarrar fusil y morir.

Nuestros ancestros, dejaron las tierras del Biobío, agarrotaron lanza para defender la rebelión de los criollos.

Fue una guerra muy guerra.

Cuenta la historia, que Ambrosio OHiggens padre de Bernardo, fue un mercenario irlandés, que se hizo poderoso y necesario para la corona real por su aguerrida vida de andar matando aborígenes.

Cuenta la historia, que José Miguel Carrera, fue el primer comandante general del Ejército de Chile.

El primer presidente de ese Chile, que quería ser libre.

Que en 1811 en un Golpe de Estado se hace del gobierno.

Dice la historia que funda “La Aurora de Chile”, primer periódico del pais, crea la Biblioteca Nacional y el instituto Nacional y decreta la libertad de vientre.

Un hijo, hija, de una esclava no heredaba la condición de esclavo.

La cuestión de género empezó en mi paisito bien temprano.

Lo fusilaron en Mendoza, un 4 de septiembre de 1821.

Sus hermanos Juan José y Luis Carrera, tuvieron la misma suerte. Fusilados en Mendoza, por conspirar contra Bernardo O`Higgens.

Dice la historia, que el Ejercito del Imperio Español, sorprende en Cancha Rayada, al Ejército Libertario comandado por O`Higgens, y él choque fue, una carnicería bestial.

La arrancadera fue grande.

En Santiago se creía que Bernardo O`Higgens y San Martín habían sido abatidos.

Manuel Rodríguez, enardecido, crea los Húsares de la muerte, milicianos para continuar la independencia.

En ese lapso grita:

¡AUN TENEMOS PATRIA CIUDADANOS!

“Combo que se perdía lo recibía el guatón Loyola”

¡Tiquitiquiti!

Y, yo, hoy, asomo ese pueblo que no estuvo nunca en ese 1810, ni en el 1811, menos 1812; pero si, en las guerras y muertes por la independencia. La Independencia no les dio nada. Y, ahora, tampoco.

La historia sigue igual, eso sí, con Inteligencia Artificial.

Y yo, me escondo con el Guatón Loyola.

¡Tiquitiquita!

Alejandro Fischer Alquinta

Estocolmo 202609920.



jueves, 17 de septiembre de 2026

HACE 53 AÑOS ASESINARON A VÍCTOR JARA PERO SIGUE HOY COMBATIENDO

 

 

Ayer 16 de septiembre se cumplieron 53 años del asesinato de Victor Jara Martinez. Le entregamos a nuestros lectores y lectoras, un artículo escrito  por el compañero historiador Iván Ljubetic Vargas.

Boletín Rojo.


 

 

                                               Iván Ljubetic Vargas, historiador del

                                               Centro de Extensión e Investigación

                                               Luis Emilio Recabarren, CEILER

 

              

                 

 


 

El martes 11 de septiembre de 1973 Víctor estaba en la UTE. Debía participar en un acto en que el Presidente de la República se dirigiría a todo el país comunicando su decisión de llamar a un plebiscito para salir de la crisis política provocada por la oposición. Se produjo el golpe fascista. Soldados del ejército rodearon la Universidad. Al día siguiente invadieron el recinto universitario.

 

EN EL ESTADIO CHILE 

Tomaron prisioneros a  los profesores, funcionarios y alumnos que se encontraban ahí. Fueron conducidos al Estadio Chile. Víctor iba entre ellos.

Las torturas las comienza a sufrir  el jueves 13 de septiembre:

 

“¡A ese hijo de puta me lo traen para acá! Repitió, iracundo el oficial. ¡A ese huevón!...  ¡A ese!!  El soldado lo empujó sacándolo de la fila.

¡No me lo traten como señorita, carajo!  Ante la orden, el soldado levantó su fusil y le dio un feroz culatazo en la espalda de Víctor. Cayó de bruces, casi a los pies del oficial.

¡Ch’é tu madre! ... Vos soy el Víctor Jara huevón. El cantor marxista, ¡El cantor de pura mierda! 

 

 

EL HORROR DEL FASCISMO    

Y, entonces, su bota se descargó furibunda una, dos, tres, diez veces en el cuerpo, en el rostro de Víctor, quien trata de protegerse la cara con sus manos. -

Víctor, herido, ensangrentado, permaneció bajo custodia en uno de los pasillos del Estadio Chile. Sentado en el suelo de cemento, con prohibición de moverse. Desde ese lugar, contemplaba el horror del fascismo.

Allí permaneció la noche del miércoles 12 y parte del Jueves 13, sin ingerir alimento alguno, ni siquiera agua. Víctor tenía varias costillas rotas, uno de sus ojos casi reventado, su cabeza y rostro ensangrentados y hematomas en todo su cuerpo. 

 

 

                     

                      

Estadio Víctor Jara ex  Estadio Chile

 

                       

CRUELMENTE TORTURADO 

El sábado  15 de septiembre de 1973, cerca del mediodía se supo que saldrán en libertad algunos compañeros de la UTE. Los prisioneros empezaron a escribirles a esposas, madres, diciéndoles que estaban vivos.  Víctor pidió lápiz y papel. Comenzó a escribir precipitadamente. De improviso, dos soldados lo tomaron y lo arrastraron violentamente hasta un sector alto del Estadio, donde su ubica un palco, gradería norte. Los soldados recibieron orden de golpearlo y comenzaron con furia a descargar las culatas de sus fusiles en el cuerpo de Víctor. Dos veces alcanzó a levantarse Víctor, herido, ensangrentado. Luego no volvió a levantarse.

 

EL TESTIMONIO DE BORIS NAVIA 

Relata Boris Navia: “Esa misma noche, ya en el Nacional, lleno de prisioneros, al buscar una hoja para escribir, me encontré en mi Libreta, que Víctor me lanzó al ser arrastrado por los soldados, no con una carta, sino con los últimos versos de Víctor, con su último canto, que escribió unas horas antes de morir y que el mismo tituló “Estadio Chile”, conteniendo todo el horror y el espanto de aquellas horas. Inmediatamente acordamos guardar este poema”.

 

Y  logró salvar el último poema de Víctor Jara para estremecer con sus versos a la humanidad:

 

ESTADIO CHILE

“Somos cinco mil

En esta pequeña parte de la ciudad.

Somos cinco mil.

¿Cuántos seremos en total

en las ciudades y en todo el país?

 

¡Cuánta humanidad

hambre, frío, pánico, dolor,

presión moral, terror y locura!

Somos diez mil manos menos

que no producen!

 

¿Cuántos somos en toda la Patria?

La sangre del compañero Presidente

golpea más fuerte que bombas y metrallas

Así golpeará nuestro puño nuevamente.

 

Canto que mal me sales

cuando tengo que cantar espanto

espanto como el que vivo

como el que muero, espanto”.

 

Al anochecer del  sábado 15 de septiembre de 1973, trasladaron a los prisioneros desde el Estadio Chile al Estadio Nacional. Al salir, atravesaron un recinto en el que había entre 30 y 40 cadáveres.

 

Boris Navia reconoció el rostro de Víctor Jara entre ellos. "Todos están acribillados y tienen un aspecto fantasmagórico, cubiertos de polvo blanco que cubre sus rostros y seca la sangre. Reconozco a Víctor en primer lugar", fue el testimonio de Boris  Navia.

 

Horas antes, Víctor Jara había sido llevado por última vez a una de las habitaciones de los camarines del recinto. Allí, le quebraron las manos a pisadas y culetazos, lo obligaron a intentar tocar una guitarra, se burlaron de él, , lo abofetearon, lo torturaron.

"¡Cantante marxista, comunista conchadetumadre, cantor de mierda". Quien más lo insultó fue el teniente Edwin Dimter Bianchi, conocido como El Príncipe. Los militares comenzaron a jugar a la ruleta rusa, poniéndole un arma en la sien y dejando cada intento a la suerte, hasta que una de las balas se descargó matando a Víctor Jara.

El soldado José Paredes Márquez testificó que el cuerpo del músico cayó de costado y con convulsiones. El Príncipe ordenó que lo acribillaran, y así, le clavaron otros 43 tiros.

 

DOMINGO 16 DE SEPTIEMBRE DE 1973 

Durante la madrugada, dos vecinas de una población cercana al Cementerio Metropolitano de Santiago encuentran en un sitio eriazo, detrás de ese recinto, seis cuerpos. Al darles vuelta se dan cuenta que uno de ellos es Víctor Jara. Junto a otras personas, lo llevan al Servicio Médico Legal.

El cuerpo del cantautor chileno tenía 44 impactos de bala: 2 en la cabeza, 6 en las piernas, 14 en los brazos y 22 en la espalda.

 

MARTES 18 DE SEPTIEMBRE DE 1973 

Joan Jara, la compañera de Víctor, relata en “Víctor Jara un Canto Truncado”:

 

“Martes 18 de septiembre. Aproximadamente una hora después de levantarse el toque de queda, oigo el ruido del portón, como si alguien intentara entrar. Todavía está cerrado con llave. Me asomo a la ventana del cuarto de baño y veo a un joven afuera. Parece inofensivo y me decido a abrirle. Me dice con voz baja:

-Estoy buscando a la compañera de Víctor Jara. ¿Vive aquí? Por favor, confíe en mí. Soy un amigo –me muestra su carné-, ¿Puedo entrar un minuto? Tengo que hablar con usted –parece nervioso y preocupado. Me dice en un susurro-: Soy miembro de las Juventudes Comunistas.

Abro la puerta para que entre y nos sentamos en la sala.

-Lo siento, tenía que encontrarla... Lamento decirle que Víctor ha muerto... Encontramos su cuerpo en la morgue. Un compañero que trabaja allí lo reconoció. Le ruego que sea valiente y que me acompañe para identificarle. ¿Llevaba calzoncillos azul oscuro? Tiene que venir, porque su cadáver lleva allí más de cuarenta y ocho horas y, si nadie lo reclama, se lo llevarán y lo enterrarán en una fosa común.

 

UN JOTOSO LLAMADO HÉCTOR

Joan Jara continúa relatando en su libro “Víctor Jara un canto truncado”:

“Héctor –así se llamaba- había estado trabajando en la morgue, el depósito de cadáveres municipal durante la última semana, tratando de identificar cuerpos anónimos que llegaban diariamente. Era un muchacho amable y sensible y había corrido un gran riesgo yendo a buscarme. En su condición de empleado tenía una tarjeta especial y, después de mostrarla en la entrada, me introdujo por una pequeña puerta lateral del edificio, a pocos metros de los portales del Cementerio General...

  

LO ENCUENTRA SU COMPAÑERA 

“Bajamos un oscuro pasadizo y entramos en una enorme sala. Mi nuevo amigo me apoya la mano en el codo para sostenerme mientras contemplo las filas y filas de cuerpos desnudos que cubren el suelo, apilados en montones, en su mayoría con heridas abiertas, algunos con las manos todavía atadas a la espalda. Hay jóvenes y viejos... cientos de cadáveres... en su mayoría parecen trabajadores... cientos de cadáveres que son seleccionados...

“Nos envían a la planta superior. El depósito está tan repleto que los cadáveres llenan todo el edificio, incluyendo las oficinas. Un largo pasillo, hileras de puertas y, en el suelo, una larga fila de cadáveres, éstos vestidos, algunos con aspectos de estudiantes, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta... y en la mitad de la fila descubro a Víctor.

 

MIRABA DESAFIANTE

“Era Víctor, aunque le vi delgado y demacrado. ¿Qué te han hecho para consumirte así en una semana? Tenía los ojos abiertos y parecía mirar al frente con intensidad y desafiante, a pesar de una herida en la cabeza y terribles moratones en la mejilla. Tenía la ropa hecha jirones, los pantalones alrededor de los tobillos, el jersey arrollado bajo las axilas, los calzoncillos azules, harapos alrededor de las caderas, como si hubieran sido cortados por una navaja o una bayoneta... el pecho acribillado y una herida abierta en el abdomen... las manos parecían colgarle de los brazos en extraño ángulo, como si tuviera rotas las muñecas... pero era Víctor, mi marido, mi amor”.

 

SUS FUNERALES 

El martes 18 de septiembre de 1973 fueron los funerales de Víctor Jara. Relata  su compañera:

“La caminata hasta el lugar del cementerio donde Víctor sería enterrado debió llevarnos entre veinte y treinta minutos. El carrito chirriaba y rechinaba sobre el pavimento irregular. Caminamos y caminamos... mi nuevo amigo Héctor a un lado, mi viejo amigo Héctor al otro. Sólo cuando el ataúd de Víctor desapareció en el nicho que nos habían asignado estuve al punto de desplomarme. Pero estaba vacía de sentimientos o sensaciones y sólo se mantenía viva la idea que Manuela y Amanda esperaban en casa, preguntándose qué ocurría, dónde estaba yo”.

  

VENCIÓ SOBRE SUS VERDUGOS

Al día siguiente el diario La Segunda publicó un breve párrafo en el que informaba de la muerte de Víctor: “El funeral fue de carácter privado y sólo asistieron los familiares”.

 

Después todos los medios recibieron la orden de no volver a mencionar a Víctor. Pero en la televisión  alguien arriesgó su vida insertando unos pocos compases de “La Plegaria” sobre la banda sonora de una película norteamericana.

 

LOS  ASESINOS                          

El primer procesado por el asesinato de Jara, el comandante César Manríquez Bravo, era el jefe del improvisado campo de prisioneros que se instaló en el Estadio Chile.

Pero Jara y el resto de los detenidos estaban bajo la custodia del teniente Pedro Barrientos, quien lideró las torturas y conspiró para asesinarlo. En todas sus declaraciones, Barrientos negó conocer en esa época al popular cantautor y haber estado en el Estadio Chile durante esos días, sin embargo, seis exsoldados aseguraron haberlo visto al menos unas 20 veces entre esos días.

En 2016, Barrientos fue condenado a pagar a la familia 28 millones de dólares de indemnización por daños y perjuicios, lo que equivale a más de 25 millones de euros. En la actualidad E ciudadano estadounidense y residente en el centro de Florida.

 

VÍCTOR SIGUE COMBATIENDO

Los fascistas asesinaron al cantor, pero sus canciones siguen emocionando y motivando. Son inmortales.

 

Fue así como Víctor,  el heroico joven comunista, venció sobre sus verdugos. A 47 años de su asesinato sigue cantando y combatiendo. Está  presente, por ejemplo, en las grandes manifestaciones de la rebelión popular contra el neoliberalismo, donde su “Derecho a vivir en Paz” es himno oficial.

             



NOTA: El heroico muchacho  comunista, que permitió encontrar el cadáver de Víctor Jara y acompañó a Joan Jara en el solitario funeral, se llama Héctor Herrera  y es actualmente socio del Centro de Extensión e Investigación Luis Emilio Recabarren, CEILER.              

 

 

 

 


Los monstruos.

 


Comentario radial y escrito.

 

 

 

 



Antonio Gramsci, fue un revolucionario italiano, cofundador del Partido Comunista de Italia.

Estuvo 11 años preso en las mazmorras fascistas de Mussolini.

Murió a los 46 años de una hemorragia cerebral al poco tiempo de quedar en libertad.

Lo asomo como un recuerdo a lo García Lorca.

Gramsci, actualmente, es el enemigo intelectual, más peligroso del fascismo.

Y digo a lo García Lorca, poque el poeta dijo una vez “que, no hay nada más presente, que un recuerdo”

Hoy recuerdo a Gramsci, asomo una reflexión suya.

Un decir, que me ha tenido por más de 65 años con mi intelecto amaranto en guardia, muy herido a veces, pero siempre en ristre.

Gramsci decía, más menos, que un mundo viejo, toda una humanidad estaba feneciendo, y un nuevo tiempo se levantaba, pero se demoraba demasiado en levantarse, en llegar y en ese lapso, aparecen los monstruos.

¡Ay dios mío de los coloraos!

Que monstruos más sanguinarios, más inhumanos hemos vivido cada uno de nosotros.

Quiero creer, que la colonia del sur de américa que habita Escandinavia, que vive por Europa, sabe de esos monstruos que habla Gramsci; quiero creer, me urge creer, que, los que fuimos políticamente vencidos por el fascismo en 1973, y, que seguimos siéndolo 53 años más tarde, sabemos, entendemos, que solo la práctica de la cultura, del enfrentamiento de las ideas, de sacarle jugo al tiempo, al humanismo, siendo políticamente disciplinados, podemos nuevamente, con los costalazos asumidos y entendidos, darnos las herramientas para vencer la ignominia del fascismo y abrigar, proteger, El SENTIDO COMÚN.

Quien iba a creer, que podríamos ser tan vulnerable, tan sin alas, sin el sentido común.

Sentido, actitud cognitiva, que tiene la potencialidad de abrir puertas y ventanas a un pensamiento crítico.

La vida en nuestro planeta, sin ese sentido común, sin esa responsabilidad humanista, ha permitido pavorosos crímenes de lesa humanidad.

Permitió que el conocimiento, destruyera parte de Hiroshima, de Nagasaki.

Y, sin embargo, 81 años después, pareciera que clarines y bayonetas se asoman nuevamente por encargo, y se borran de la memoria 225.000 muertos por una luz inhumana, devastadora.

Consiguieron, no sé cómo, seguir existiendo 136.000 heridos.

Que crimen más inmenso, que muerte artera al SENTIDO COMUN.

Y hoy, muy sueltos de cuerpo, en los mostradores del matadero, sugieren, se desliza, sin asco ni humanidad, bombardear nuclear un país, para poder, el Capital financiero, hacerse de sus recursos naturales.

En qué clase de seres humanos nos hemos convertidos.

Y esos monstruos desnudados por Antonio Gramsci, nos ahogan un 11 de septiembre, nos confunden, nos manipulan, olvidan nuestra casa de gobierno bombardeada, nos amarran invisibles, olvidados, en todos los programas televisivos en el polvo de escombros, de las Torres Gemelas en los Estados Unidos de Norte América.

Tanto poder, tanto conocimiento, sin embargo, aún no pueden identificar a 1.099 personas perdigadas.

Somos parte de cientos, de miles de exiliados, de millones de habitantes de mi paisito lindo, de mar y cordillera, que, por más de 53 años, hemos vivido denunciado el golpe fascista, cívico militar, contra el gobierno popular de Salvador Allende. 

También tenemos pedacitos de personas no identificadas.

Aun, no sabemos nada de 1162 personas desaparecidas, se las come el monstruo, quieren olvidarlas.

Van en el borrón y cuenta nueva.

Se han encontrados, los que hay, en fosas siniestras, en rendijas mineras, en los granos de arena de una playa, despojados de nombre y apellidos, osamentas sucias que podrían contar historias, hablar de sus sueños.

Podrían gritar de un golpe fascista, oligarca; de un crimen de lesa humanidad, amparado, financiado y empujado por el gobierno de Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos de Norte América.

¡Chemimare los monstruos pá grande!

¡Que ironía más espeluznante!

Ese tardar del nuevo mundo, el hacer de la política ha permitido y permite, la mutilación de la política construida a través de 300 mil años de existencia. 

El Gran Capital, el riquerio fáctico, asesina, destruye y corrompe por todos lados.

La infancia con hambre, en un siglo XXI, debería causar a cada habitante del planeta una arcada de vergüenza.

La infancia de olvido se desparrama, se desborda igual como el barro y agua en Nepal, como un eco sombrío y seco por Gaza, Cisjordania, Líbano, Yemen, Siria, Afganistán, Libia, los Balcanes, Ucrania.

Y saco a Ucrania, porque se viene de arcadas.

Los monstruos aprovecharon ese nacionalismo ucraniano ignorante, y al igual que en Chile, hace 12 años atrás, en 2014 parieron un golpe de estado.

El nazismo ucraniano le cabía y le cabe justo, a las pretensiones del Capital de apoderarse de las tierras de Máximo Gorki, de León Tolstói, de allí, a su gran anhelo, la China de Mao.

Según ellos, sería un parpadeo.

Yo soy, antes que todo, un antifascista, soy un antinazi, confío, a pesar de entender la violencia, la muerte violenta, agresiva, no estoy para nada, con la guerra.

Que vayan a guerrear, a matarse entre sí, aquellos que defienden sus intereses, sus privilegios en peligro.

El pueblo, con un azadón y una pala, agua y tierra, puede vivir a la pinta.

No son los rusos los que cometen la ignominia en la tierra que se formó Nikita, los monstruos son los que se visten de pardo, son los nazis, al servicio de las grandes trasnacionales.

Esas que quieren edificar una nueva Gaza, esos que necesitan geografías para los nuevos Colonos del Sionismo.

Esta cuestión de Vladimir Putin, presidente de Rusia, no la nombro mucho.

Dice un amigo, que Vladimir Putin, es un líder de tal magnitud, que son pocos como él, que nacen en cada cien años.

Yo miro a mi amigo cachuo.

No le rebato, no hay razón para llevarle la contraria. Siento que quieren destacar, no sé qué hacía por el 1960/1964/1969/70.

Por dentro, siento y veo, los 9 de mayo.

Van, 81 años que se celebra la victoria del Ejército Rojo, contra el nazismo alemán, veo en el desfile ondear al viento la hoz y el martillo, orgullosa, humilde, de trabajo.

Vladimir Putin, con su experiencia, conocimientos, podría haber actuado y sacudido, pisoteados los monstruos que devoraban por dentro a la Union Soviética.

Podría haberlo hecho.

Yo no hablo mucho de Putin.

Esas guerras de degaste, me traen a Afganistán, me atormentan Theran.

¿Como es posible, que ideologías como el nazismo, el fascismo, el sionismo puedan acarrear, amasar, tanto poder y hacer gobiernos?

Cuando el mercado está en manos privadas, y, las manos agarrotadas de tanto parir lingotes de avaricia, empieza a perder mostradores, mercancías, privilegios; es tiempo de guerra, de matar, mil veces matar, de arrasar todo.

¡Hay que borrar todo y cuenta nueva!

Quienes son los príncipes de la guerra, de la muerte:

El nazismo, el fascismo o el sionismo.

Hoy, no necesitan tanto como ayer de torturadores, de degolladores, de violadores, de asesinos a sueldo. Hoy basta con la “labia, la inteligencia artificial y con los medios digitales de comunicación masiva, y afines.

Hoy basta que la pederastia, la pedofilia, tenga recursos extraños y extorsione. Hoy basta que una ideología tardía, pero con plata, tenga sus bases financieras en la ciudad donde estuvieron las Torres Gemelas.

Hoy, 11 de septiembre, cerré los ojos, me vi, cabro imberbe todavía, salir del grupo curso, dejar el libro de clase en la sala de profesores, salir a la calle, ver camiones llenos de milicos con uniformes de guerra por la Alameda hacia el Faro, yo me fui contrario, a la Normal, celebrábamos el día del maestro.

¡El presente es de lucha y el futuro es nuestro!

Alejandro Fischer Alquinta

Estocolmo 20260913