Comentario radial y escrito
No llore comparito, no llore; ya
vendrán tiempos mejores.
¡No llorí gueón!
Lloro de rabia y espanto; Estados
Unidos con Israel, siguen matando a mansalva, esta vez, en Irán.
Son las 14.30 del sábado 28 de
febrero.
Centenares de infancia sin vida,
muerte, que serán horas más tarde, miles y miles.
Los más vulnerables, condenados
por nacer, pagaran con sus vidas, las ansias hegemónicas del Imperio.
Quiera el “dios de los coloraos”,
que la sensatez de otras potencias, obliguen de alguna manera, impedir que el
esperpento continue.
¡Ojalá!
Yo no hablo en nombre de la que visto; yo hablo en nombre de esa gente que ha compartido mi vida, a la intemperie cruda del andar lejos.
En realidad, no hay tiempo pá
llorar; hay que ir a buscar los coligues, los espejos, cuadernos, y lápiz;
barro y paja.
Mientras se defiende lo edificado;
con pensamiento crítico, cachurear empedernido, las causas que nos llevaron a
retroceder tan re tanto.
Y a la vez, como armonizar un
“canon”, en una huidiza y refalosa política de alianzas, para levantar una
valla con ramas de chañar, para enfrentar esta verdad cruda que nos enrostra.
Yo nací en Potrerillos, a más de
De niño y no tan niño, ame Pueblo
Hundido, hoy, Diego de Almagro.
Tengo incrustada en mi memoria, su
estación de tren.
El Longino; un tren, unas vías,
que son de un mundo aparte, de un mirar atónito, de la capacidad de un pueblo
para unir, juntar un país tan, tan re largo y diverso, como en un choclo, con
chala y todo, ramales y estaciones, hasta por donde el “diablo perdió el
poncho”.
Un abrazo y fuerza, a los
habitantes de Inca de Oro, que se les vino el agua por las quebradas de la
precordillera.
El Longino, reposaba un rato en la
estación de Pueblo Hundido. Yo, mirando para atrás, lo asomo a una “política de
alianzas”.
Mi familia, desde la Mina Vieja,
más arriba de Potrerillos, a las faldas de la Cordillera de los Andes, llego a
Barquito, usando yo pañales.
En verano nos íbamos a Copiapó.
En Chañaral, nos encaramábamos en
el Longino que venía de Iquique; pasando por Baquedano, Antofagasta, Catalina y
no sé, cuantos lugares más.
Teníamos que pasar por Pueblo
Hundido.
Esa Estacion, era mi aventura.
Era una pausa larga con tiempo de
comer.
Las Cazuelas de ave hacían nata,
el pan batido, el vino y el té también.
Los jotes, no se veían ni pal
recuerdo.
No puedo decir cuánto tiempo nos
atrapaba Pueblo Hundido; me gustaba ese “atrapo”.
La próxima estación era Copiapó,
nuestro arribo.
El tren seguía a Vallenar, Serena,
Coquimbo, Ovalle, Illapel, Calera; no recuerdo cuantas estaciones más, hasta el
Mapocho.
Viajar juntos en el Longino, se
necesita organización para que el viaje sea placentero.
Al final, cada uno tiene su
objetivo y el viajar ameno, es crucial.
De eso se trata el hacer de la
política, darle a la gente un viajar digno, bonito.
Los arribos son distintos, pero,
cada uno, entrega para el viajar, lo mejor de sí.
De Coquimbo a Ovalle, o, por
cualquier tramo, te das cuenta qué ciertos personajes del vagón, van mostrando
de a poco las hilachas, andan en otras, quieren llegar a sus destinos, sin
ponerse en nada y recibir de todo.
Objetan hasta al cantor.
El transcurrir del viaje, es un
invento de diferencias y desavenencias, haciendo dificultades a los que tienen
su destino, atravesando horas de estaciones. Cuando algunos de ellos, llegan a
su estación de destino, se llevan los tutos de la gallina que no son de ellos. Hay
algunos que sufren el síndrome del “muro de Berlín”, y no se bajan, aunque sea
el término de su viaje.
Viajar en el Longino fue algo
lindo.
Si no quieres armonizar el canto,
no te subas, te vas en auto y punto. Ahora, si es tu pega desafinar, hay que
tener, la fuerza y criterio, para dejarlo por algún ramal.
Necesito creer, por nuestra propia
historia de lucha, por nuestra actitud de vida y artesa, como un principio de
clase, entender que los churrines y el mechoneo se lavan y se tiran en casa; y,
por el qué dirán, con la luz apagada.
Tenemos experiencias que
atestiguan, que nuestro enemigo y amigo de clase, se nutre de nuestros propios
desaciertos; pretendiendo con ello, dejarnos, políticamente reducidos, a una
mínima expresión.
Y no van a descansar nunca de
hacerlo.
Son 113 años pá 114; enfrentando
por dentro, y vistiendo por fuera, esos peculiares ataques, que tanto daño nos
hacen.
La lista es larga.
Los que profesan nuestra
ideología, sabemos, en cuento corto, que los medios estratégicos de producción
tienen que estar en manos del Estado, y, ese Estado debe estar conformado
políticamente, por los representantes de los estamentos laborales e
intelectuales del pueblo organizado.
Esos que hacen las cosas.
De allí, salen los habitantes para
dirigir el gobierno y los parlamentos.
La cuestión sindical, es
fundamental; como lo es, la organización social en los centros habitacionales.
No hay otra.
Lo demás es paja molida.
Termino de escribir esto, y no me
la creo.
En mi creencia, no tenemos “vacas
sagradas”, lo que tenemos son dirigentes, cuadros, que se han ganado su estado
en la nomenclatura partidaria, a punta y codo.
Y ese “punto y codo” es
permanente, dialectico, cuando dejas de serlo, se nota.
Yo, por ejemplo, en 1970, de
intruso y de provincia, en la casa de mi hermana, en Santiago, frente a mí,
tenía a Alejandro Rojas Wainer,
militante de las Juventudes Comunistas de Chile; presidente por tres periodos consecutivos,
de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile.
Elegido diputado por el partido
comunista en 1973. (El ojito).
Ese muchacho, algo mayor que yo,
lo miraba con orgullo, con respeto.
Más tarde, encontró otros caminos
y con otras vestimentas se arropo.
Tan de echona y martillo y miren
ustedes por donde se enchuecaron las herramientas.
Hoy por hoy, somos de Donald
Trump, Premio Nobel heredado de la paz, la guinda de la torta.
Que cuestión más extraña y de
precipicios.
Capaz, que, en abril y mayo, le
declaramos la guerra a Venezuela, a Nicaragua, a Mexico.
Y en junio, invadimos Cuba.
No nos metimos con Eurasia, porque
somos nacionalistas, patrióticos.
Y no es ningún chiste.
No podemos olvidar jamás, que, como partido
parido en los contubernios de la clase obrera, en el asalariado, el hacer y
poder de la política, es hacerle al pueblo, una vida linda, digna.
No hay otra.
Me gusta una oración:
“A lo que vinimos”
Se olía lo que venía.
No se puede hacer “el de las
chacras”.
La historia de vida de nuestro
conglomerado, esta hasta la tusa de enseñanzas, para enfrentar a los que
pretendan quitarle al pueblo, las reivindicaciones conquistadas, creadas por
las sabidurías del resistir, del sobrevivir.
En verdad, la palabra sobrevivir
no me gusta mucho, y eso que he sobrevivido toda mi vida.
Eso de sobrevivir me suena a un
Robin Hood.
El pueblo para ser pueblo requiere
de una institución para gobernar, constitucionalizar un vivir; para que nunca
más, vengan apetitos ajenos y nos dejen Kafquiano con las patas al aire.
Si algo nos dejo claro la
dictadura fascista militar y civil, fue el deber político de saber y tener como
defender lo conquistado.
Nos vencieron políticamente.
Poco nos duró lo aprendido.
Por supuesto las realidades son
diferentes.
Se levanto en Chile, la política
de “rebelión popular”, el derecho a defender la vida.
Hoy, la geografía es otra; la
derecha civil fascista, sin pegar un tiro, nos vencieron democráticamente, el
derecho de gobernar el pais.
Y la cuestión duele y avergüenza.
Aquí no hay Lenin que valga.
Tenemos que volver a los desiertos
del norte.
Arrancarle la pistola a Luis
Emilio, ser un Manuel Choño Sanhueza, ser un Cipriano, una Mireya Baltra, una
Julieta, una Ramona, una Gladys, un Pedro Lemebel.
Alejandro Fischer Alquinta.
Estocolmo, 20260228. Con el pueblo
del medio oriente en mi corazón.