Iván Ljubetic Vargas, historiador del
Centro de Extensión e Investigación
Luis Emilio Recabarren, CEILER
I.-A PUPUYA LOS BOLETOS
Fue a fines de 1952 cuando el
Comité Regional de la Jota nos entregó como Comité Local San Antonio, la tarea
de reunir fondos para contribuir a costear el
viaje de uno de nuestros dirigentes, Mario Navarro, al Encuentro Mundial
de Jóvenes Campesinos, a efectuarse en Italia, organizado por la Federación
Mundial de Juventudes Democráticas.
Al comienzo, la tarea nos pareció
una misión imposible de cumplir. Pero luego de algunas reuniones con Mario
Zamorano y el negro Barrios, se nos fue aclarando la película.
Programamos diversas actividades,
entre ellas un baile, reunir dinero a través de listas, solicitar ayuda a los trabajadores y una acción en Pupuya, la tierra de Mario
Navarro.
Recuerdo que en varias ocasiones
nos levantamos muy temprano y fuimos a Puertecito, lugar donde se embarcan los
obreros del puerto. Les explicábamos el objetivo de nuestra acción y reuníamos
algunos pesitos.
El baile, realizado en un local de
Barrancas en el camino a la playa de Montemar, fue un gran éxito. En la
preparación, visitamos sindicatos y otras organizaciones haciendo propaganda y
vendiendo entradas.
Tuvo lugar un sábado en pleno
verano de 1953. Concurrió harta gente.
Compañeros y amigos de la zona.
También muchos veraneantes, atraídos por la buena difusión previa.
Esa actividad nos dejó una buena
ganancia.
II.- A GALOPE TENDIDO
El final de la campaña por el
viaje de Mario debía culminar con una acción en Pupuya, donde vivía la familia
de éste. Para cumplirla fuimos designados Goyito y yo, además del propio Mario,
que ya se encontraba en ese lugar.
Pupuya es una localidad campesina
ubicada al sur de San Antonio, en la Comuna de Navidad.
Nos fuimos en una micro del
recorrido Llo-Lleo – Navidad.
Goyito era un joven obrero de la
construcción de extracción campesina. Hacía poco se había incorporado a la
Jota. Tenía gran espíritu de sacrificio y era muy responsable.
El viaje de ida fue ya una primera
prueba de nuestra firmeza revolucionaria. El camino era de tierra y con
abundantes hoyos. El vehículo daba grandes saltos y el polvo invadía la micro,
cubriendo rostros, ropa y equipajes. A eso se agregaba el calor de esa tarde de
enero de 1953. Apenas se podía respirar en ese bus lleno de gente, paquetes,
gallinas y tierra.
Faltaba poco para llegar a
Navidad, cuando se detuvo la micro. Se subió un campesino que habló con el
chofer. Este se levantó y dirigiéndose a los pasajeros preguntó:
- ¿Viaja
aquí el señor José Soto y un amigo de éste?
Nos miramos con Goyito. No
conocíamos a ese campesino, pero este conocía mi nombre de batalla. ¿Sería compañero o … ?
No podía perder tiempo en
cavilaciones. Me decidí y dije:
- Sí,
señor, aquí vamos.
- Se
tienen que bajar, dijo el chofer.
No podíamos echarnos para atrás.
Tomamos nuestros equipajes y descendimos. El campesino nos saludó y dijo:
- Compañeros,
el camarada Navarro me encargó que los viniera a buscar aquí y los llevara a caballo hasta Pupuya, porque
en Navidad los pacos los están esperando a ustedes.
Dentro de mis planes no entraba
tal prueba. Montar a caballo. Es el más mansito, explicó, el compañero. Me
costó un mundo hacerlo. No sabía ni el lado por donde subirme. Era primera vez
que vivía esa experiencia. Antes sólo había estado sobre el caballo de un
carrusel.
Goyito, como buen campesino, lo
hizo con toda elegancia.
Los otros dos, expertos jinetes se
hicieron cargo de mi equipaje y yo quedé con la difícil misión de no caerme de
la cabalgadura.
El compañero de Pupuya nos explicó
que teníamos que apurarnos. Nos pusimos a galopar. Pocas veces en mi vida he
tenido más miedo que entonces. Me agarraba de la montura y dejaba que la bestia
hiciera lo que quisiera, pues no tenía posibilidad alguna de dirigirla. Esta
imitaba lo que hacían los otros caballos.
No sé cuántos kilómetros
recorrimos. A mí me parecieron miles. No me caí de la cabalgadura. Llegué a la
casa de los Navarro, vivo pero muy machucado. Sentía el cuerpo hecho pedazos.
Me dolían las piernas, las asentaderas, los hombros. Todito.
La madre y otros familiares de
Mario hicieron todo por aliviar mi adolorida humanidad. Me dieron un Mejoral,
me llenaron cataplasmas y de tallas. Aguanté el dolor y las bromas con gran
heroísmo. Esa noche me senté de lado y dormí boca abajo.
III.- DOS PELIGROSOS AGITADORES
Durante el desayuno repasamos el
programa que habíamos trazado la noche anterior, entre cataplasma y cataplasma.
Mario nos explicó de la decisión
de irnos a buscar antes de llegar a Navidad, tuvo por base una información dada
por un carabinero amigo en el sentido que a la Tenencia había llegado una orden
desde San Antonio de detener a dos “agitadores” al llegar la micro.
Finalizado el desayuno, una
hermana de Mario, que trabajaba como
operadora del único teléfono y del
correo de Pupuya, se dirigió a cumplir con sus labores. Pero volvió al poco rato, en forma sorpresiva y muy agitada.
Había recibido un mensaje telefónico dirigido a los carabineros de la aldea, en
que se les ordenaba verificar si habían llegado hasta ese lugar dos agitadores
comunistas. De ser así, se debía detenerlos. No le cupo duda que los dos
agitadores éramos nosotros, por eso vino a avisarnos antes de llevar el mensaje
a los carabineros.
Esta noticia venía a confirmar la
información dada por el carabinero de Navidad.
Esto complicaba los planes. Lo
primero era adoptar algunas medidas de seguridad. Contábamos con la ventaja de
conocer antes que los carabineros de la localidad los mensajes enviados a
ellos.
Con Goyito estábamos preocupados y
algo nerviosos, pero al mismo tiempo nos sentíamos orgullosos de ser
considerados “peligrosos agitadores”. Sobre nosotros pendía la espada de
Damocles de la Ley Maldita.
La familia Navarro era conocida
como comunista y sin duda sería una de las primeras casas a donde se dejaría
caer la policía. Era necesario abandonarla. Pero ¿a dónde ir?
La idea salvadora se le ocurrió al
padre de Mario: durante el día debíamos ocultarnos en un pajar que había no
lejos de la vivienda. Las actividades efectuarlas de noche. Los pacos de aquí,
afirmó, sólo actúan de día. Por tanto, en las noches pueden dormir incluso en
casas de compañeros poco conocidos. Aprobamos su plan.
Provisto de mantas, algo de comer,
beber y leer, nos fuimos a enterrar en la paja. Ahí pasábamos el día entre
el miedo que nos pillaran los pacos o
nos picara una araña poto colorado, un peligroso arácnido que vive precisamente
en la paja.
Los policías estuvieron muy
activos ese día. Visitaron todas las casas de comunistas o sospechosos de
serlo. Pero no se les pasó por la cabeza buscarnos fuera de las viviendas.
Menos, en un inocente pajar.
La hermana de Mario, desde su
puesto de telefonista, se impuso de nuevos detalles con relación a nuestro
caso. La Gobernación de San Antonio había recibido informaciones en el sentido que los comunistas intentaban
iniciar una ola de agitaciones en la zona campesina de Navidad-Rapel-Pupuya;
que se había detectado el viaje de dos agitadores a esa región.
El comunicado no indicaba los
nombres, pero aseguraba su militancia comunista. Sobre el lugar concreto de la acción no se
precisaba, pero se sospechaba que fuera Pupuya o sus alrededores.
Llegó la esperada noche. Nos
reunimos con la célula comunista, en
medio del campo, junto a unos árboles y bajo la vigilancia de una hermosa luna
llena. Informamos de nuestra misión: reunir fondos para el viaje de Mario.
Se analizaron varias ideas para
reunir dinero y se concluyó que lo mejor era realizar una fiesta en la playa
de Matanzas el domingo subsiguiente. Quedaban diez días para prepararla.
Los compañeros nos explicaron que
esas fiestas a orillas del mar, era una vieja tradición en la zona, que la
iniciativa iba a ser acogida con gran entusiasmo por los campesinos de la
localidad, la mayoría de los cuales tenían gran simpatía por el Partido.
Además, esa actividad no despertaría
sospecha alguna a los carabineros y sus soplones.
Nadie imaginaría que una inocente fiesta campesina podría
ser la forma que adoptaría la agitación que tanto temía el gobierno.
IV.- PREPARANDO LA FIESTA
De la reunión salió un plan bien
concreto. Lo principal era conversar con los campesinos y ganarlos para que
participaran en la fiesta. Nos distribuimos las tareas.
Los camaradas aprobaron la idea de
que pasáramos el día en el pajar y que realizáramos las actividades de noche,
pudiendo dormir incluso en casas de confianza.
- Aquí
los pacos se acuestan con las gallinas, afirmó un compañero.
El de Pupuya era un campesinado
muy combativo. Muchos habían laborado en las minas de cobre, del carbón o en las salitreras. La conciencia
de clase adquirida en esos centros proletarios no la habían perdido.
Ello lo constatamos tanto en las
reuniones, en los intercambios de opiniones personales, como en la manera en
que cumplían las tareas asignadas.
Con Goyito estábamos muy contentos
con los resultados de nuestra labor. En las conversaciones con los campesinos
éste jugó un papel muy importante. De pocas palabras, su extracción campesina y
las experiencias vividas en el campo durante su niñez, le permitían ubicarse
muy bien y argumentar de una manera convincente.
Debo confesar que al iniciar mi
viaje con Goyito, no me imaginé nunca el rol tan decisivo que jugaría en
nuestra misión de “agitadores”.
Nos tenía harto aburridos estar escondidos en el pajar. Se lo hicimos
saber a Mario. Lo conversó con su familia.
Su hermana Adela tuvo la idea de disfrazarnos de campesinos para que
pudiéramos pasearnos por la aldea.
Tomando todas las precauciones del caso, llegamos a casa de los Navarro un
mediodía. Adela se esmeró en transformarnos en jóvenes campesinos. Nos
prestaron ojotas, pantalones, camisas y sombreros apropiados. Mirándonos al
espejo, aseguramos que ni nuestras madres nos reconocerían.
Salimos alrededor de las 5 de la
tarde a dar nuestra primera vuelta. Recorrimos algunas calles de la aldea.
Estábamos mirando la vitrina de un negocio, cuando se nos acercó un campesino
que no conocíamos. Nos saludó, como acostumbraba toda la gente del lugar. Dudó
unos minutos. Luego nos dijo:
- Oigan... Por ahí vienen unos
pacos. Parecen que los buscan a ustedes. Córranse al tiro, mejor.
Agradecimos al desconocido amigo y
nos fuimos a nuestro pajar.
V.- UNA FIESTA JUNTO AL PACIFICO
Temprano, ese domingo del verano
de 1953, por un camino lleno de baches, partió la alegre caravana. Doce
carretas tiradas por bueyes, bellamente adornadas, en que iban las familias
campesinas con abundante cocaví, guitarras
y mucha alegría. Muchos montaban caballos y otros caminaban a pie.
Guitarras y voces acallaban el chirriar de las ruedas de las carretas y los
gritos que animaban a los bueyes.
Goyito y yo íbamos en la carreta
de la familia Navarro. Estábamos eufóricos. Jamás soñamos con un éxito así.
Prácticamente todos los campesinos del lugar participaban en la fiesta en la
playa.
Después de recorrer algunos
kilómetros, al paso cansino de los bueyes, llegamos a orillas del mar. Ahí
estaba Matanzas. Se buscó el sitio adecuado y nos instalamos.
Comenzó la fiesta. Jugamos fútbol.
Almorzamos, se comió y se bebió en abundancia. Cantamos y hubo un descanso.
Algunos durmieron una rápida siesta. Otros fueron a mojarse los pies. Los niños
correteaban incansables.
Eran las cuatro cuando se inició
el acto artístico-político. Después de algunas canciones campesinas, me tocó
hablar a mí. Entregué algunos antecedentes de la situación que se vivía en el
país, de la importancia del Encuentro Mundial de Jóvenes Campesinos, del honor que constituía para
Pupuya que uno de sus hijos viajara a Europa a esa importante reunión. Finalicé
pidiendo el aporte de todos para que el viaje de Mario pudiera realizarse.
Terminé y nadie aplaudió. Esto me
dejó helado. Estaba acostumbrado a recibir aplausos al hablar. Se produjo un
silencio que fue para mí terrible. Se escuchaba el ruido del mar y el trinar de
las gaviotas. Pensé que había errado con mi discurso.
Miré a Goyito y éste se encogió de
hombros, en un gesto que no entendí. En cambió Mario me guiñó un ojo, como
indicando que todo iba bien.
De pronto se paró un viejo
campesino (todos estaban sentados en la arena) y dijo:
- Bueno, yo estoy muy de acuerdo
con lo dicho por el compañero. Por su boca ha hablado la verdad. Y la cosa es
clara: hay que ponerse para que Mario viaje a esa reunión. Yo presto mi
sombrero.
Se lo sacó, echó en él un puñado
de billetes y lo pasó a su vecino.
Comenzó a correr el sombrero entre las manos generosas de esos campesinos. Se llenó, lo vaciamos y siguió la ronda.
Contamos el dinero. Dimos a conocer la elevada suma reunida y estalló la alegría de todos, incluidos
–naturalmente- nosotros: Goyito, Mario y yo.
El sol se inclinaba sobre el
océano, cuando se inició el regreso.
Carretas y canciones iban dejando sus huellas
por el camino.
Fue ese domingo vivido junto al
mar, una hermosa jornada plena de fraternidad, alegría, cuecas y canciones.
También una viva demostración de la generosidad del pueblo con su Partido.
El lunes, aún cansados, volvimos
con Goyito a nuestras casas. No tuvimos mayores problemas, salvo los hoyos de
la ruta, los saltos de la micro y el polvo estival.
Ya en Llo-Lleo, nos impusimos del
revuelo que se había armado con Pupuya. Incluso en la Cámara, un diputado reaccionario
había denunciado que agitadores comunistas intentaban incitar a los campesinos
de esa zona a un levantamiento armado contra el gobierno. La prensa escrita y
las radios habían dedicado espacio a esas patrañas.
Entonces comprendimos mejor la
sabiduría de los compañeros de Pupuya al proponer la fiesta junto al mar.
Muchos días después, los ágiles
policías seguían tratando de descubrir dónde se produciría el alzamiento armado
ordenado desde Moscú.
Por entonces, Mario ya iba hacia
Europa, en un viaje costeado por los trabajadores chilenos y para el cual los
campesinos de Pupuya hicieron un significativo
aporte.
Cuando Mario retornó de su viaje,
informó detalladamente del Congreso Mundial de Jóvenes Campesinos realizado en
Italia. Dio muchas charlas. Nos contó
las experiencias vividas y nos enseñó,
en su idioma original, la hermosa canción de los guerrilleros comunistas
italianos: “Bella Ciao”.






