domingo, 18 de enero de 2026

PUPUYA

 


                                               Iván Ljubetic Vargas, historiador del

                                               Centro de Extensión e Investigación

                                               Luis Emilio Recabarren, CEILER

 



I.-A PUPUYA LOS BOLETOS

                   

                                  

 

Mario Navarro

 

Fue a fines de 1952 cuando el Comité Regional de la Jota nos entregó como Comité Local San Antonio, la tarea de reunir fondos para contribuir a costear el  viaje de uno de nuestros dirigentes, Mario Navarro, al Encuentro Mundial de Jóvenes Campesinos, a efectuarse en Italia, organizado por la Federación Mundial de Juventudes Democráticas.

Al comienzo, la tarea nos pareció una misión imposible de cumplir. Pero luego de algunas reuniones con Mario Zamorano y el negro Barrios, se nos fue aclarando la película.

Programamos diversas actividades, entre ellas un baile, reunir dinero a través de listas,  solicitar ayuda a los trabajadores  y una acción en Pupuya, la tierra de Mario Navarro.

Recuerdo que en varias ocasiones nos levantamos muy temprano y fuimos a Puertecito, lugar donde se embarcan los obreros del puerto. Les explicábamos el objetivo de nuestra acción y reuníamos algunos pesitos.

El baile, realizado en un local de Barrancas en el camino a la playa de Montemar, fue un gran éxito. En la preparación, visitamos sindicatos y otras organizaciones haciendo propaganda y vendiendo entradas.

Tuvo lugar un sábado en pleno verano de 1953. Concurrió harta gente.

Compañeros y amigos de la zona. También muchos veraneantes, atraídos por la buena difusión previa.

Esa actividad nos dejó una buena ganancia.

 

 

II.- A GALOPE TENDIDO

 

                                              

 


                               

El final de la campaña por el viaje de Mario debía culminar con una acción en Pupuya, donde vivía la familia de éste. Para cumplirla fuimos designados Goyito y yo, además del propio Mario, que ya se encontraba en ese lugar.

Pupuya es una localidad campesina ubicada al sur de San Antonio, en la Comuna de Navidad.

Nos fuimos en una micro del recorrido Llo-Lleo – Navidad.

Goyito era un joven obrero de la construcción de extracción campesina. Hacía poco se había incorporado a la Jota. Tenía gran espíritu de sacrificio y era muy responsable.

El viaje de ida fue ya una primera prueba de nuestra firmeza revolucionaria. El camino era de tierra y con abundantes hoyos. El vehículo daba grandes saltos y el polvo invadía la micro, cubriendo rostros, ropa y equipajes. A eso se agregaba el calor de esa tarde de enero de 1953. Apenas se podía respirar en ese bus lleno de gente, paquetes, gallinas y tierra.

Faltaba poco para llegar a Navidad, cuando se detuvo la micro. Se subió un campesino que habló con el chofer. Este se levantó y dirigiéndose a los pasajeros preguntó:

-        ¿Viaja aquí el señor José Soto y un amigo de éste?

     

Nos miramos con Goyito. No conocíamos a ese campesino, pero este conocía mi nombre de  batalla. ¿Sería compañero o … ?

No podía perder tiempo en cavilaciones. Me decidí y dije:

-        Sí, señor, aquí vamos.

-        Se tienen que bajar, dijo el chofer.

 

No podíamos echarnos para atrás. Tomamos nuestros equipajes y descendimos. El campesino nos saludó y dijo:

-        Compañeros, el camarada Navarro me encargó que los viniera a buscar aquí  y los llevara a caballo hasta Pupuya, porque en Navidad los pacos los están esperando a ustedes.

 

Dentro de mis planes no entraba tal prueba. Montar a caballo. Es el más mansito, explicó, el compañero. Me costó un mundo hacerlo. No sabía ni el lado por donde subirme. Era primera vez que vivía esa experiencia. Antes sólo había estado sobre el caballo de un carrusel.

Goyito, como buen campesino, lo hizo con toda elegancia.

Los otros dos, expertos jinetes se hicieron cargo de mi equipaje y yo quedé con la difícil misión de no caerme de la cabalgadura.

 

El compañero de Pupuya nos explicó que teníamos que apurarnos. Nos pusimos a galopar. Pocas veces en mi vida he tenido más miedo que entonces. Me agarraba de la montura y dejaba que la bestia hiciera lo que quisiera, pues no tenía posibilidad alguna de dirigirla. Esta imitaba lo que hacían los otros caballos.

No sé cuántos kilómetros recorrimos. A mí me parecieron miles. No me caí de la cabalgadura. Llegué a la casa de los Navarro, vivo pero muy machucado. Sentía el cuerpo hecho pedazos. Me dolían las piernas, las asentaderas, los hombros. Todito.

La madre y otros familiares de Mario hicieron todo por aliviar mi adolorida humanidad. Me dieron un Mejoral, me llenaron cataplasmas y de tallas. Aguanté el dolor y las bromas con gran heroísmo. Esa noche me senté de lado y dormí boca abajo.

  

III.- DOS PELIGROSOS AGITADORES

 

                                              

 


 

 

Durante el desayuno repasamos el programa que habíamos trazado la noche anterior, entre cataplasma y cataplasma.

Mario nos explicó de la decisión de irnos a buscar antes de llegar a Navidad, tuvo por base una información dada por un carabinero amigo en el sentido que a la Tenencia había llegado una orden desde San Antonio de detener a dos “agitadores” al llegar la micro.

Finalizado el desayuno, una hermana de  Mario, que trabajaba como operadora del único teléfono  y del correo de Pupuya, se dirigió a cumplir con sus labores. Pero volvió al  poco rato, en forma sorpresiva y muy agitada. Había recibido un mensaje telefónico dirigido a los carabineros de la aldea, en que se les ordenaba verificar si habían llegado hasta ese lugar dos agitadores comunistas. De ser así, se debía detenerlos. No le cupo duda que los dos agitadores éramos nosotros, por eso vino a avisarnos antes de llevar el mensaje a los carabineros.

Esta noticia venía a confirmar la información dada por el carabinero de Navidad.

Esto complicaba los planes. Lo primero era adoptar algunas medidas de seguridad. Contábamos con la ventaja de conocer antes que los carabineros de la localidad los mensajes enviados a ellos.

Con Goyito estábamos preocupados y algo nerviosos, pero al mismo tiempo nos sentíamos orgullosos de ser considerados “peligrosos agitadores”. Sobre nosotros pendía la espada de Damocles de la Ley Maldita.

La familia Navarro era conocida como comunista y sin duda sería una de las primeras casas a donde se dejaría caer la policía. Era necesario abandonarla. Pero ¿a dónde ir?

La idea salvadora se le ocurrió al padre de Mario: durante el día debíamos ocultarnos en un pajar que había no lejos de la vivienda. Las actividades efectuarlas de noche. Los pacos de aquí, afirmó, sólo actúan de día. Por tanto, en las noches pueden dormir incluso en casas de compañeros poco conocidos. Aprobamos su plan.

Provisto de mantas, algo de comer, beber y leer, nos fuimos a enterrar en la paja. Ahí pasábamos el día entre el  miedo que nos pillaran los pacos o nos picara una araña poto colorado, un peligroso arácnido que vive precisamente en la paja.

Los policías estuvieron muy activos ese día. Visitaron todas las casas de comunistas o sospechosos de serlo. Pero no se les pasó por la cabeza buscarnos fuera de las viviendas. Menos,  en un inocente pajar.

La hermana de Mario, desde su puesto de telefonista, se impuso de nuevos detalles con relación a nuestro caso. La Gobernación de San Antonio había recibido informaciones  en el sentido que los comunistas intentaban iniciar una ola de agitaciones en la zona campesina de Navidad-Rapel-Pupuya; que se había detectado el viaje de dos agitadores a esa región.

El comunicado no indicaba los nombres, pero aseguraba su militancia comunista.  Sobre el lugar concreto de la acción no se precisaba, pero se sospechaba que fuera Pupuya o sus alrededores.

Llegó la esperada noche. Nos reunimos  con la célula comunista, en medio del campo, junto a unos árboles y bajo la vigilancia de una hermosa luna llena. Informamos de nuestra misión: reunir fondos para el viaje de Mario.

Se analizaron varias ideas para reunir dinero y se concluyó que lo mejor era realizar una fiesta en la  playa  de Matanzas el domingo subsiguiente. Quedaban diez días para prepararla.

Los compañeros nos explicaron que esas fiestas a orillas del mar, era una vieja tradición en la zona, que la iniciativa iba a ser acogida con gran entusiasmo por los campesinos de la localidad, la mayoría de los cuales tenían gran simpatía por el Partido.

Además, esa actividad no  despertaría  sospecha alguna a los carabineros y sus soplones.

Nadie  imaginaría que una inocente fiesta campesina podría ser la forma que adoptaría la agitación que tanto temía el gobierno.

 

 

IV.- PREPARANDO LA FIESTA

 

                              

Pupuya, hacia 1952

 

De la reunión salió un plan bien concreto. Lo principal era conversar con los campesinos y ganarlos para que participaran en la fiesta. Nos distribuimos las tareas.

Los camaradas aprobaron la idea de que pasáramos el día en el pajar y que realizáramos las actividades de noche, pudiendo dormir incluso en casas de confianza.

-        Aquí los pacos se acuestan con las gallinas, afirmó un compañero.

 

El de Pupuya era un campesinado muy combativo. Muchos habían laborado en las minas de cobre,  del carbón o en las salitreras. La conciencia de clase adquirida en esos centros proletarios no la habían perdido.

Ello lo constatamos tanto en las reuniones, en los intercambios de opiniones personales, como en la manera en que cumplían las tareas asignadas.

Con Goyito estábamos muy contentos con los resultados de nuestra labor. En las conversaciones con los campesinos éste jugó un papel muy importante. De pocas palabras, su extracción campesina y las experiencias vividas en el campo durante su niñez, le permitían ubicarse muy bien y argumentar de una manera convincente.

Debo confesar que al iniciar mi viaje con Goyito, no me imaginé nunca el rol tan decisivo que jugaría en nuestra misión de “agitadores”.

Nos tenía harto aburridos  estar escondidos en el pajar. Se lo hicimos saber a Mario. Lo conversó con su familia.  Su hermana Adela tuvo la idea de disfrazarnos de campesinos para que pudiéramos  pasearnos por la aldea. Tomando todas las precauciones del caso, llegamos a casa de los Navarro un mediodía. Adela se esmeró en transformarnos en jóvenes campesinos. Nos prestaron ojotas, pantalones, camisas y sombreros apropiados. Mirándonos al espejo, aseguramos que ni nuestras madres nos reconocerían.

Salimos alrededor de las 5 de la tarde a dar nuestra primera vuelta. Recorrimos algunas calles de la aldea. Estábamos mirando la vitrina de un negocio, cuando se nos acercó un campesino que no conocíamos. Nos saludó, como acostumbraba toda la gente del lugar. Dudó unos minutos. Luego nos dijo:

- Oigan... Por ahí vienen unos pacos. Parecen que los buscan a ustedes. Córranse al tiro, mejor.

Agradecimos al desconocido amigo y nos fuimos a nuestro pajar.

 

 

V.- UNA FIESTA JUNTO AL PACIFICO

 

                                             

 


Temprano, ese domingo del verano de 1953, por un camino lleno de baches, partió la alegre caravana. Doce carretas tiradas por bueyes, bellamente adornadas, en que iban las familias campesinas con abundante cocaví, guitarras  y mucha alegría. Muchos montaban caballos y otros caminaban a pie. Guitarras y voces acallaban el chirriar de las ruedas de las carretas y los gritos que animaban a los bueyes.

                 

Goyito y yo íbamos en la carreta de la familia Navarro. Estábamos eufóricos. Jamás soñamos con un éxito así. Prácticamente todos los campesinos del lugar participaban en la fiesta en la playa.

Después de recorrer algunos kilómetros, al paso cansino de los bueyes, llegamos a orillas del mar. Ahí estaba Matanzas. Se buscó el sitio adecuado y nos instalamos.

 

 

 


Comenzó la fiesta. Jugamos fútbol. Almorzamos, se comió y se bebió en abundancia. Cantamos y hubo un descanso. Algunos durmieron una rápida siesta. Otros fueron a mojarse los pies. Los niños correteaban incansables.

Eran las cuatro cuando se inició el acto artístico-político. Después de algunas canciones campesinas, me tocó hablar a mí. Entregué algunos antecedentes de la situación que se vivía en el país, de la importancia del Encuentro Mundial de Jóvenes  Campesinos, del honor que constituía para Pupuya que uno de sus hijos viajara a Europa a esa importante reunión. Finalicé pidiendo el aporte de todos para que el viaje de Mario pudiera realizarse.

 

Terminé y nadie aplaudió. Esto me dejó helado. Estaba acostumbrado a recibir aplausos al hablar. Se produjo un silencio que fue para mí terrible. Se escuchaba el ruido del mar y el trinar de las gaviotas. Pensé que había errado con mi discurso.

 

Miré a Goyito y éste se encogió de hombros, en un gesto que no entendí. En cambió Mario me guiñó un ojo, como indicando que todo iba bien.

 

De pronto se paró un viejo campesino (todos estaban sentados en la arena) y dijo:

- Bueno, yo estoy muy de acuerdo con lo dicho por el compañero. Por su boca ha hablado la verdad. Y la cosa es clara: hay que ponerse para que Mario viaje a esa reunión. Yo presto mi sombrero.

 

Se lo sacó, echó en él un puñado de billetes y lo pasó a su  vecino. Comenzó a correr el sombrero entre las manos generosas de esos campesinos.  Se llenó, lo vaciamos y siguió la ronda.

Contamos el dinero.  Dimos a conocer la elevada suma reunida  y estalló la alegría de todos, incluidos –naturalmente- nosotros: Goyito, Mario y yo.

 

El sol se inclinaba sobre el océano,  cuando se inició el regreso. Carretas y canciones iban dejando sus huellas  por  el camino.

 

Fue ese domingo vivido junto al mar, una hermosa jornada plena de fraternidad, alegría, cuecas y canciones. También una viva demostración de la generosidad del pueblo con su Partido.

 

El lunes, aún cansados, volvimos con Goyito a nuestras casas. No tuvimos mayores problemas, salvo los hoyos de la ruta, los saltos de la micro y el polvo estival.

Ya en Llo-Lleo, nos impusimos del revuelo que se había armado con Pupuya. Incluso en la Cámara, un diputado reaccionario había denunciado que agitadores comunistas intentaban incitar a los campesinos de esa zona a un levantamiento armado contra el gobierno. La prensa escrita y las radios habían dedicado espacio a esas patrañas.

 

Entonces comprendimos mejor la sabiduría de los compañeros de Pupuya al proponer la fiesta junto al mar.

 

Muchos días después, los ágiles policías seguían tratando de descubrir dónde se produciría el alzamiento armado ordenado desde Moscú.

 

Por entonces, Mario ya iba hacia Europa, en un viaje costeado por los trabajadores chilenos y para el cual los campesinos de Pupuya hicieron un significativo  aporte.

 

Cuando Mario retornó de su viaje, informó detalladamente del Congreso Mundial de Jóvenes Campesinos realizado en Italia. Dio muchas charlas.  Nos contó las experiencias vividas y nos enseñó,  en su idioma original, la hermosa canción de los guerrilleros comunistas italianos: “Bella Ciao”.