sábado, 8 de abril de 2023

NAZIS BOMBARDEAN EN FORMA ALEVOSA BELGRADO

 



Hace 82 años, un 6 de abril de 1941:

 

 

                                                       Iván Ljubetic Vargas, historiador del

                                                       Centro de Extensión e Investigación

                                                       Luis Emilio Recabarren,  CEILER

 

        

 

        


 

Recuerdo que mi padre compró una radio Philips a  comienzos de 1941. Un día, sin previo aviso, apareció en una mesita del comedor. Fue para nosotros, los niños de la casa, una gran sorpresa.

Con el tiempo me di cuenta  que mi padre la adquirió para escuchar las noticias que llegaban de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Estaba, en especial,  hondamente preocupado por lo que ocurría en su patria.

                                  

Mi padre era yugoslavo. Había nacido en un pueblito llamado Sutivan, en la isla de Brac, provincia de Dalmacia, Yugoslavia. Muy joven, en  su pueblo natal, con  otros dos camaradas, formaron un núcleo revolucionario.

La pésima situación reinante en la región obligó a muchos de sus habitantes a emigrar.

Hacia 1910 un grupo de yugoslavos  llegó a Antofagasta. Entre ellos estaban Iván (Juan) Ljubetic Manzoni,  mi padre.

Después de permanecer un breve tiempo ese puerto nortino, viajó al centro de Chile. En los alrededores de Santiago conoció a María Vargas Puebla. Surgió el amor entre ellos. Se casaron en Melipilla el 5 de enero de 1929.

 

Se establecieron en la capital. En calle San Francisco N.º 401, esquina Cóndor, abrieron un pequeño almacén y allí nacimos tres de sus hijos: Iván, en 1930; María, en  1932, y Vladimir en 1934.

Posteriormente, trocaron el almacén de Santiago por una quinta en Callejón Ovalle, donde tuvieron un boliche.

 

En 1936 un nuevo trueque. Esta vez,  la quinta por un edificio en Llo-Lleo, ubicado en la esquina de Inmaculada Concepción con Del Canelo, frente a la Plaza. Allí nació el cuarto hijo: Vinka, en 1937.

 

Después de trabajar como obrero en el puerto de San Antonio, mi padre pudo abrir un comercio, al que –por una razón que nunca supe- le llamó “Almacén Santiago”.  Debido a ello, muchos le llamaban “Don Santiago”.

 

Mi padre era muy reservado.  De poco hablar, pero muy observador. Sólo después que murió en mayo de 1973, supe que era ayudista del Partido Comunista de San Antonio. Me lo contó el sastre Ramón Urzúa, un viejo y querido compañero, que durante el Gobierno del traidor fue relegado a Pisagua.

 

Buena siembra dejó nuestro  padre yugoslavo y nuestra madre chilena:  sus cuatro hijos somos  comunistas.

 

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De las noticias que escuchábamos a través de la radio Philips, hubo dos que me impactaron a tal punto que aún me recuerdo de sus detalles. Por entonces tenía  diez años.  Una  de esas impactantes noticias fue el inicio del ataque de la bestia parda contra Yugoslavia. No hubo declaración de guerra previa. En forma criminal y alevosa  lanzó, el 6 de abril  de 1941, un terrible bombardeo  aéreo sobre  Belgrado, la capital.

 

Según el noticiario, éste  causó varios miles de muertos, desbarató la fuerza aérea yugoslava y extendió el caos en las defensas del país. 

 

Hubo un detalle que me quedó grabado: sobre la ciudad incendiada y en ruinas cayó ese 6 de abril una fuerte lluvia. Yo entonces pensé que la lluvia ayudaría a apagar los incendios.

 


Belgrado, abril de 1941

 


A continuación, vino el ataque por tierra. Las principales unidades invasoras partieron desde Rumania, Austria y Bulgaria. Su  objetivo fundamental era aislar a Yugoslavia de Grecia y de las unidades británicas allí destacadas y cercar Belgrado. Los nazis atacaron simultáneamente   a  Grecia.

El 7 de abril, ante la brutal agresión del Eje, Yugoslavia declaró la guerra a Italia y Alemania.

Las fuerzas armadas yugoslavas,  aunque mal preparadas, lograron resistir heroicamente, durante cinco días, la poderosa maquinaria bélica hitleriana.

 

El 11 de abril de 1941 los alemanes consiguieron tomar contacto con las unidades italianas que avanzaban desde Albania. Y el día 13 de abril de 1941, entraron en  Belgrado, la capital yugoslava.

 

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Los nazis  tomaron Belgrado, pero no derrotaron al pueblo yugoslavo. Surgieron los guerrilleros o partisanos. El nombre oficial completo del movimiento creado por el Partido Comunista de Yugoslavia era  Ejército Popular de Liberación y Destacamentos Partisanos de Yugoslavia. Su comandante en jefe fue Josip Broz Tito.

 

El objetivo de los guerrilleros era derrotar al invasor y crear un estado socialista en Yugoslavia.



  

Lograron grandes éxitos contra  los nazis y tuvieron un cada   vez mayor respaldo del pueblo. Fue así como a   finales de 1944, las fuerzas totales de los partisanos incluían 650.000 hombres y mujeres organizados en cuatro ejércitos de campaña y 52 divisiones. Por entonces ya no se limitaron a una guerra de guerrillas, sino que enfrentaron al invasor  en una guerra convencional.

 

En abril de 1945, los partisanos sumaban ya más de 800.000.  Al final de la Segunda Guerra Mundial  era el cuarto Ejército más importante de Europa.

La lucha de liberación nacional  tuvo en Yugoslavia un carácter  revolucionario, logró la derrota del invasor y la posterior expropiación del conjunto de la burguesía yugoslava. Esto  fue producto del carácter antifascista del pueblo yugoslavo y de la  correcta dirección que supo dar el Partido Comunista  al curso de los acontecimientos.  

  


      

Yugoslavia fue el único país de Europa Central y Oriental que se liberó sin la ayuda de ninguno de sus aliados. La sangre derramada por los eslavos del sur (más de dos millones de muertos) fue uno de los factores que hizo posible la derrota de Hitler.

 

                     

Josip Broz Tito