Comentario
radial y escrito
La memoria incrustada en la
historia es un recuerdo que no se olvida. Tiene más andenes que toda la
humanidad.
Vivimos tiempos en que la lucha de
clases se ha transformado en una catarata imparable, desordenada, indomable;
que la del Iguazú parece el llanto de una acequia.
Al menos yo, si no fuera por mi
“Ay dios mío de los coloraos” no sabría pá onde disparar”.
El intelecto, que sendera mi
conciencia, es, “mi dios mío de los coloraos”.
Quien podría imaginarse la
tragedia del estrecho de Ormuz, del crimen salvaje y selectivo en cada parpadeo
del Líbano.
Esa Gaza de escombros protegida.
¿Exterminaron las generaciones de
Judas, el Galileo?
Es cierto, demoler una estructura
en la que se yergue nuestra humanidad, nuestra identidad, nuestra forma de
mirar al otro, de sentir al otro, de saber ser, de querer ser tan, tan cruel,
tan de hambre, tan de muerte sin sentido, de tanta miseria social, es una
indecencia.
Si, es una indecencia.
Y no hace falta cachurear las
indecencias por otras geografías, sobra con el vivir incierto, de mi paisito,
flaco y largo.
Nuestro territorio, por lo largo y
estrecho, por su cordillera y mar, por sus recursos de norte a sur almacenados,
somos un tanto privilegiados; no lo digo con “suficiencia”, al contrario, lo
digo por “quien paga las habas que se comió el burro”.
Quien nos mandó a ser tan
atrayente, tan escondido, con tantos recursos a flor de piel, recursos que
encendieron y encienden codicia descontrolada, una concupiscencia tan de
carnaval, que no la vez, y, ella, tarde o temprano ira por ti.
¡Te va a pillar!
¡Te pillo!
La gente de mi país, con sus
ancestros, con su mestizaje, con sus inmigrantes, con su geografía abrupta y
dispareja, nos ha vestido un tanto diferentes.
Es cuestión de escuchar los
hablares.
Las invasiones de rapiñas y
crímenes, de genocidios perpetuados por los grandes imperios europeos, más, la
rapidez de los calendarios; el “parir la chancha”, y las resistencias
indomables de oriundos, de mestizos y criollos, fueron almacigando un bagayo de
208 años antiguos.
Para caer en patota, con vergüenza
ajena, en una encomienda, al puro estilo colonial, a merced de un fascismo siglo
XXI, con fauces abierta, protegiendo desesperado los estertores finales de un
sistema mundial en descomposición.
Una descomposición que no se sabe,
si se aterra o se ríe.
Es cuestión de ver y escuchar, al
presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
Sus intervenciones son muestras de
la inmoralidad de un sistema en descalabro; sin embargo, todas las plataformas
de información, en redes sociales, en el mundo entero, están pendientes de sus
intervenciones.
Es un cilicio muy a la moda.
Los que saben, dicen que un
periodo histórico en Europa, se le llamo, de la “Ilustración”, fue, un
movimiento de la intelectualidad de los cuicos de esa época.
Por esos tiempos, se asomó como
por encanto la revolución francesa, las ideas de igualdad, de progreso, de
preguntarse del porque existimos.
De la didáctica “a lo, Descartes”,
“Pienso, luego existo”, o reflexionar sobre la tolerancia, el conocimiento;
incluso, de la soberanía y el respeto público.
La Ciencia se venía en patota y se
vestía apresurada.
La revolución Industrial, por
necesidad del capital, se asomó.
Llegaba igualita a lo que sucede
hoy en día, con la Inteligencia artificial.
Todo para fortalecer, idealizar
selectivo, predios, minerales y cultivos, conciencias e ignorancias,
absolutamente contrario a la idea de “un bien común”, que se cocía en los
salones medievales y en los salones y de predios del riquerio de hoy en día.
Grito de esta manera, para
ahuyentar los yataganes.
La revolución industrial, para ser
revolución, necesitaba de recursos materiales, de la tierra, del mar y de lo
humano.
Chile, mi paisito flaco, les abrió
las puertas a lo John Wayne al Imperialismo británico, todo poderoso.
Y más tarde, al mismito John. Ese,
de las 52 estrellas, olfateando voraz, alguna acorralada por sus garras
inmorales.
Lo que es la cosa del poderoso.
No puedo entender esa forma de ir
y venir andrajoso, hambriento, tiritando de frio, sudando de calor, explotado
por el capital, empujados jubilosos por la patria, a matarse entre hermanos
continente y, la gran mayoría, de ese caminar de hormigas, como las que se
alojaron en la Escuela Santa María en Iquique, no hablaban ni hablan inglés.
Mi norte, mi sur, era un Sudáfrica
chiquitito.
La explotación del hombre por el
hombre era un crimen salvaje.
Con el tiempo, lo salvaje, se fue
suavizando, y no fue como una táctica del capital, pá na. Fue, por la
organización de la clase obrera, por su comprensión de clase.
De entender, que solamente, unidos
como clase, se puede levantar defensas por los derechos, como las marchas
callejeras, mítines, huelgas, todo lo que sea necesario para vivir de acuerdo
con el desarrollo de las ciencias y de lo humano; la vivienda, la salud y la
educación sean un derecho innegable.
Esas organizaciones de clase, como
las mutuales, las mancomunales, el desarrollo de identificación de clase de los
partidos políticos, como el partido demócrata en 1887.
Luis Emilio Recabarren, tenía 18
años cuando ingreso a ese partido de clase.
Al correr por el desierto, por los
sembrados, por la vida de pais tanta injusticia social, era menester más
organización del asalariado, del proletario. El auge o la moda de estas ideas,
luchas sociales, de clase, el oportunismo político invento la clase media. Como
que si esta clase, estuviese vacunada contra el hambre, contra la pobreza,
contra la ignorancia.
El 4 de junio de 1912, abandonando
el Partido Democrático, Luis Emilio Racabarren, inicia junto a otros
visionarios, el Partido Obrero Socialista. La causa de esa ruptura fue el
abandono del Partido Democrático a las defensas de los derechos políticos de la
inmensa masa trabajadora.
En esos tiempos, la efervescencia
social en Chile, eran enorme, los obreros, los estudiantes de todo Chile era
una ola de rebeldía que luchaba por sus derechos, imparable.
El Partido Obrero Socialista, sus
planteamientos, su estructura, no daban a vasto para tanta rebeldía social. Se
hacia necesaria una nueva estructura política, con otra visión, con objetivos
concretos y a largo plazo.
Esos fueron los elementos, los
conceptos, que dieron vida al Partido Comunista de Chile.
Las ansias del Conservadurismo
nacional, de sus oligarquías de todo lo que huela a ganancias, de sus perros de
presa, el fascismo, no es nuevo. Tiene más de 90 años en un eterno remojo.
Siempre ha sido vigente, por el
miedo del riquerio, incluso, de su respirar y hacer de la hoz y el martillo.
La ley 8987, dictada en 1948, por
Gabriel Gonzales Videla, presidente de Chile, denominada “de defensa permanente
de la democracia” dejo fuera del derecho político de existir.
Y, yo le encuentro razón al
traidor.
No se puede ser aliado político,
aunque tu seas elegido presidente de la nación, gracias a ese conglomerado
político, si, este, en las calles, en fábricas, minas y socavones, en melgas y
escuelas toma partido por los desposeídos, por los derechos, por la dignidad de
vivir.
Por eso a sus militantes, a
Pisagua los confinaron.
Lo ocurrido con el fascismo de
Augusto Pinochet y de sus esbirros, no se necesita decir nada.
Duele todavía.
Lo que ahora, anda en boga, es lo
mismo que sucede en el mundo entero. La razón de vivir, de existir, por moral,
por ética, por humanidad, el pueblo tiene que parar esas falacias del fascismo
contemporáneo.
Que no es otra cosa que la
aplicación brutal de un neoliberalismo que niega todo lo conseguido por los
derechos integrales de los habitantes de un país.
Alejandro Fischer Alquinta.
Estocolmo 20260531